Crónicas de cuarentena #DÍA17



Sábado 28. Abro los ojos y los rayos de luz se filtran a través de la persiana. Seguimos en cuarentena. Recuerdo las cosas que no voy a poder hacer: salir a dar clases, comer con una amiga. Conocer el departamento nuevo de otra, salir a tomar una birra con mi compañero. La más pesada, terminar la mudanza que inicié antes del caos. Este aislamiento me encuentra en un momento particular. Venía dejando pasar de largo algunas cosas y ahora me estallan en la cara. Me levanto. Tengo que emprender un viaje sin distancia hacia mí misma.

Me asedia una infección que influye en mi estado de ánimo. La influencia viral de los medios que no deja mi mente libre. Cada día, me encuentro en lucha con ese llamado a la aventura, que tengo que afrontar. Me recuerdan eso unos especialistas en inteligencia emocional, que están subiendo clases a su web. Me dicen que es el momento. Que los problemas son oportunidades para desarrollarnos, momentos para integrar y solucionar conflictos interpersonales. Para resolver quién soy. Me alejo de mí misma. Me observo.

Por todos lados se repite: después de esta pandemia, el mundo será otro. Coincido con Byung-Chul Han en que ningún virus es capaz de hacer la revolución.

Estos últimos días, el cronograma de aplausos en pugna confirma que hay cosas que no se aprenden fácilmente. Me pregunto si se aprenderán. Cómo será ese mundo distinto. Coincido con Byung-Chul Han en que una revolución necesita sentimientos de unión y, sobre todo, acción colectiva.

El domingo 29 a la noche, nos enteramos que la cuarentena se extiende hasta el 13 de abril.

El lunes 30, el titular de C5N disparaba: hay 966 casos y 24 muertos por coronavirus en el país. En una parte de la pantalla, el hashtag Nadie se salva solo, mensaje que salió del Papa Francisco y repitió el presidente. Hay una paradoja con la soledad. Nadie se salva solx pero nos mantenemos segurxs dentro de una dimensión virtual, sin contacto con otras personas.

No quiero un nuevo mundo de aislamiento permanente, como temen algunos pensadores europeos que analizan la vigilancia informática en los países asiáticos. No quiero que nos tengamos terror, que las otras personas sean una amenaza. No quiero que nos escondamos detrás de máscaras. Si estas condiciones fueron causadas por el neoliberalismo, declarémosle la guerra. Bifo Berardi tampoco sabe. Podríamos salir de ella definitivamente solos, agresivos, competitivos. Pero también podríamos salir de ella con un gran deseo de abrazar.”

Salgo a comprar y el aire tiene otro color. La calle vive del silencio de un barrio paralizado. Las casas como cuevas de animales en hibernación.

En la fila para entrar, una señora tose y la pareja que está adelante se aleja dos metros. Un hombre que sale del súper lleva varios paquetes de pañales y muchos productos de limpieza para bebés. Me pregunto lo que estará pasando por su cabeza en estos momentos. ¿Y las mujeres embarazadas? Un viento frío me obliga a cerrarme la campera. Si nuestra historia como humanidad nos trajo hasta acá, hagamos algo. Si la salida es derrotar lo que venimos haciendo mal, matemos la causa. ¿Este aislamiento nos está planteando a todxs el mismo interrogante? Tenemos la misma carne.

El virus no discrimina, no reconoce fronteras nacionales, sociales, de género, raciales, culturales. La ilusión de superioridad se derrite y empezamos a mirarnos como seres iguales que han sido, a lo largo de la historia, distribuidos por el capitalismo en grupos, con desiguales oportunidades.

Nosotrxs somos lxs que discriminamos. La naturaleza, irritada, como un cuerpo que tira señales nunca atajadas por la intuición, intenta que esta plaga en la que nos convertimos no la siga destruyendo. El capitalismo, descompuesto, nos trajo a esta situación sin precedentes y está buscando cómo reinventarse otra vez. Y ahora, con el cuerpo enfermo, moribundxs, intentamos cazar la fórmula para hallar al corona-killer, como dice Bifo. En todo caso lo que tenemos que matar es nuestro individualismo productivo, competitivo y destructivo. En todo caso, podemos empezar por plantearnos que ya no toleraremos algunas cosas. Judith Butler dice: defender “un mundo social y económico en el que es radicalmente inaceptable que algunos tengan acceso a una vacuna que pueda salvarles la vida cuando a otros se les debe negar el acceso porque no pueden pagar o no pueden contar con un seguro médico que lo haga”. Lo leo en Sopa de Wuhan, que preparó un editor en esta cuarentena. Como los protagonistas de la serie de HBO “Years and Years”. Denunciar e impedir que unas vidas menos válidas para este sistema queden encerradas en el terreno de la muerte segura. Butler dice: cuidarse de la ineludible biopolítica. De la biovigilancia digital de los países asiáticos. Pienso en el chip que quieren introducir en la vacuna para el monitoreo de la enfermedad. Creo que está bien, en parte. Y también me da escalofríos. Cuidarse de la big data. Presos, sin brazalete. Atrapadxs en nuestro propio territorio, en nuestros celulares, en la ubicación, en nuestros movimientos, temperatura corporal, consumos que almacenan nuestras apps. Paul Preciado quiere que hagamos “el gran blackout frente a los satélites que nos vigilan”. Apagando todo.

Miércoles 1°, en la radio el locutor nos consuela. Argentinxs, si nos gana la desesperación, pensemos que en New York muere una persona cada 6 minutos y sacan a los cuerpos en camiones frigoríficos. No me consuela si pienso que somos todos iguales. Estoy lejos, pero el capitalismo nos une. Allá caen, en el país de Trump, quien hace un mes dijo: tranquilos, esperemos el pico y luego todo va a estar bien. Acá, en el cuarto piso del Ministerio de Salud, el comité de crisis tiene un pizarrón gigante donde se controla toda la situación. Dice que vamos a necesitar 12000 camas para cuando llegue el pico. En la radio, dicen que se están produciendo respiradores en dos fábricas argentinas y en una empresa automotriz. Y vienen también de China. En una de las clases del curso virtual compartieron un poema de Kitty O’Meara.

“Y la gente se quedó en casa.
Y leyó libros y escuchó.
Y descansó y se ejercitó.
E hizo arte y jugó.
Y aprendió nuevas formas de ser.
Y se detuvo.
Y escuchó más profundamente. Alguno meditaba.
Alguno rezaba.
Alguno bailaba.
Alguno se encontró con su propia sombra.
Y la gente empezó a pensar de forma diferente.
Y la gente se curó.
Y en ausencia de personas que viven de manera ignorante.
Peligrosos.
Sin sentido y sin corazón.
Incluso la tierra comenzó a sanar.
Y cuando el peligro terminó.
Y la gente se encontró de nuevo.
Lloraron por los muertos.
Y tomaron nuevas decisiones.
Y soñaron nuevas visiones.
Y crearon nuevas formas de vida.
Y sanaron la tierra completamente.
Tal y como ellos fueron curados.”

Leo y sueño que tiene razón.

Autor: Juli Paulos Jones