#NadaDelAmorMeProduceEnvidia una obra de Santiago Loza y Diego Lerman



Un maniquí al costado del escenario y una mujer en el centro. Una dedicada costurera cosiendo un bello vestido. Unos tangos suenan como si fuesen pájaros entrando por una ventana. Quién es?. Es la voz de la costurera hechizada por Libertad Lamarque, su embrujo es ese, su voz angelical en una pantalla de cine en la década del cuarenta.  Y al costado de la escena, silencioso, un maniquí que recibe la visita de dos mujeres: Eva Perón y Libertad. María Merlino tiene la piel de una famosa modista que debe decidir a quién dará el vestido que cose día tras día, entre relatos, preguntas, tangos, deseos. Una disputa por el mismo vestido hace girar a Merlino entre el asombro y la duda. A quién entregarlo: a Eva Perón o Libertad Lamarque?

Cuando los objetos hablan

Creo en los objetos. Resguardan la historia de modo único, íntimo, y pienso que prolongan una especie de aliento que se funde con aquel que guarda para sí esa “cosa”; porque las cosas tienen un alma silenciosa que se acurruca en cualquier sitio de la casa, y están a la espera de una palabra que las haga vivir.
Apenas entré a la sala la oscuridad se enunció mucho más que con la falta de luz. Había en el ambiente una espesura de noche. Un maniquí vestido y una mujer en silencio cosiendo algo parecido a unas alas pensé, pero eran trozos de un vestido por armar. Casi tres mujeres vi: un maniquí, un vestido naciendo, y una pequeña costurera que me recordó a una hermosa escena de una película en la que una joven se pasea pensativa, dolida, entre barcos, en el puerto de La Boca.

Y ahí, entre perchas, los vestidos, un objeto que tiene espesura y que tiene palabras. El vestido como un acontecimiento, es decir, como el modo de transparentar una relato. Un diálogo que recupera almas perdidas. Una especie de conversación con lo que aparenta mudo pero, está ahí como revelación de mundos, como una provocación honda que hace del objeto amado una prolongación de lo que se es. El maniquí, el vestido, la mirada, el tacto: un encuentro.
Quién no reconoce a su abuela en esas ferias de ropa de los barrios de Buenos Aires? Mi abuela fue una mujer triste, cantaba tangos lavando la ropa en el piletón de su casa en el barrio de Constitución. La pileta de lavar era su objeto donde el amasado de la ropa se prolongaba en sus manos, de sus manos hacia sus brazos y de ellos hasta su voz. La herencia de la radio, del cine, de los salones de baile en una provincia, de donde mi abuela venía, se hicieron piel sobre mi imaginación. La recuerdo en una fotografía, detrás de un marco con vidrios pesados, sus labios finos, pintados, llenos de palabras dichas con el tango. Trabajó como doméstica a sus catorce años, luego se casó, compró su casa, tuvo nueve hijos, un almacén. Pero también perdió muchas cosas con el tiempo, detalles de una generación a la que le costó trabajo comprender la vida y que aprendió a empujones y  a veces no aprendió.
Todo esto sucedía en ese patio de conventillo en el que se había convertido la pantalla, y en el fondo de la sala, mi abuela, con su anonimato y sus luchas.

El teatro crea sus itinerarios y habilita un territorio a recorrer con sus formas singulares. La dramaturgia, lo textual, queda disuelto en ese espacio, se convierte en un objeto que está hecho a la medida de sus creaturas.

Si cada obra es un cuerpo, pensaba, no le sienta bien cualquier vestido. Eso que la obra lleva puesto sólo le cabe a ese cuerpo. Una obra es singular, relativa a sí misma, con sus luces, su vestuario, sus objetos. Qué cosaobjetoarte es esa obra y qué nos dice.

En Nada del amor me produce envidia, la forma es el monólogo y esa tarde me acomodé a lo que se me regalaba. Es que el teatro también es eso, un regalo que no he pedido, que brota de un tipo de generosidad puesta en elaborados tiempos de trabajo. Esa labor perdurable, en este caso, es el impactante relato que María Merlino entrega de forma total. Esa hondura que tiene el monólogo, conversación con su esfinge, su maniquí. Su pregunta tiene la forma del tango, de la radio, del cine, con todo el universo de la década del cuarenta, pero que viene de más atrás; pues la vida está hecha de muchos “más atrás” sobre los que vamos caminando.
El empedrado del camino de esta costurera es de telas, de vestidos, de mujeres que salen y entran de una pantalla que reúne muchos imaginarios: la familia, los inmigrantes, el trabajo, los hijos, la mujer, el amor. Todo ocurre sobre un extenso camino de imágenes sembradas en dos décadas de oro: La vendedora de fantasías con Mirtha Legrand, Besos brujos con Libertad Lamarque, Dios se lo pague con Zullly Moreno, Mercado de Abasto con Tita Merello, La cabalgata del circo con Eva. Una galería de mujeres, parafraseando a Ricardo Monti cuando habla de sus mujeres en su última obra, Cuaderno, territorio donde un mundo social despliega una estética personalísima que dio el tango en esas décadas.
El melodrama argentino nace en el tango y el tango se lo lleva todo. Las voces de esas décadas tienen espesura porque también provienen del teatro, cuerpos atravesados por la vida que da la calle. La raíz del tango está resguardada en los bares, colectivos y en artistas como Roberto Arlt. El tango es netamente amor. La desventura, la casa familiar, la chica de barrio, la soledad, el trabajo en la gran ciudad, la falta de dinero. Por eso el tema del tango es el amor en todas sus variantes, porque en su evocación, ya sea por su ausencia o por su conquista, el amor es un hilo a desenredar.
María Merlino tiene esos hilos, esos pliegos y algunos alfileres en su boca casi como un cierre entreabierto por el que todavía cruza aire para cantar su tango. Su hipnótica manera de encarnar a esa costurera mágica, prolija, es un volcán que crea su propia erupción en un escenario espeso, recortado por la luz .

El teatro arroja sus preguntas permanentemente. Merlino tensa su cuerpo dramático con su vestimenta ajustada con extrema precisión y se desplaza, tímidamente, sobre una tela infinita en que convierte el escenario. Todo es a media voz, entrecortado, pequeño, como la voz delgada de Libertad Lamarque y todo es exceso, voluminoso y multitudinario con Eva Perón. Esta costurera está ceñida en su propio cuerpo y su mirada despinta el mundo de esas décadas dibujando a otras mujeres con sus vidas, sus desencantos, sus fortalezas. Y a un costado, silencioso, en esa atmósfera del claroscuro, una mujer mariposa, un maniquí espejando sus propias formas.
Entonces, aunque no haya vivido en épocas en que mi abuela cantaba sus tristezas, con el tango puedo entender los por qué. A quien entregar el vestido es una pregunta a la esfinge. Una pregunta por el destino que el teatro hace todo el tiempo: quién soy? Soy mi destino?, y aquí lo mas valioso: que nunca se pregunta ni responde en soledad.

Ficha técnica

Texto: Santiago Loza

Actúan: María Merlino

Vestuario: Valentina Bari

Escenografía: Flor De Un Día

Iluminación: Fernanda Balcells

Producción De Giras Y Eventos: Luz Algranti

Realización de vestuario: Carmen Montecalvo

Realización De Tela: Martín Sal

Música: Sandra Baylac

Diseño gráfico: Florencia Bauza, Malena Castañon

Asistencia De Sala: Sonia Riobo

Asistencia de vestuario: Liliana Piekar

Prensa: Carolina Alfonso

Producción: Flor De Un Día

Colaboración musical: Jape Ntaca

Dirección: Diego Lerman

http://nadadelamormeproduceenvidia.blogspot.com/

Autor: Gabriela Oyola