#LaPilarcita de María Marull



Cuando apenas tenía cuatro años, caminando de la mano de mi padre, por el barrio de Constitución, un pequeño muñeco vestido con ropajes de colores, cargando una manta llena de cosas en su diminuta espalda, con bolsas colgando de sus manos, un cigarrillo en la boca, vestido de invierno, me asombró, hasta el día de hoy, por hacerme pensar que venía de una región mágica. Cargaba una espesura rural. Cómo un muñeco tan pequeño podía recoger tantos caminos. Es un ekeko- dijo mi padre, que provenía de otro pueblo, pero conocía de destierros. 

Estas maravillosas conexiones con el mundo de cada uno, pero también con el de todos, es lo que hace que el teatro se vuelva hondamente mundootro. El teatro es mundo porque es, bellamente, espacial. Dice Ricardo Monti, hablando de su descubrimiento sobre el teatro: el secreto no estaba en el diálogo sino en el lugar donde ese diálogo sucedía: el espacio escénico”. La pilarcita, una pequeña muñeca sobre un altar, es una sencilla manera de expresar el espacio dramático como una variación del ritual del teatro. El teatro es como un poblado, un rincón desconocido, con una serie de luces diminutas que se ven desde la ruta, durante la noche, que invitan a detenerse para descubrir vidas desconocidas, un anonimato, que en definitiva somos nosotros, los espectadores, en un proceso del descubrir.


La pilarcita se alza sobre un altar de ensueño, síntesis teatral, un rincón señalado por una suave iluminación que deja a esa muñeca con un brillo especial, provoca pensar al teatro con esa sencillez primitiva que tiene la infancia.

La infancia como lugar es la que emociona a cada espectador. La infancia como una región; no como el punto de partida sino como el mundo de partida. La infancia regresa con el arte porque tiene originalidad, vuelve a lo fundamental, a ese grado de verdad que nos hace aprendices sin descanso, cargando cosas como el ekeko.

La pilarcita abre una pequeña ventana, un agujerito por donde el ojo que mira se vuelve plástico, se acuna con las voces de la siesta de un pueblo, sus penas, sus deseos, sus descubrimientos. Voces musicalmente poetizadas que traen a escena una melodía hecha de humor, una vaguedad, cierta simpleza, una sabiduría ancestral que sobrevuela el mundo de los pueblos. Todo es cuento, volviendo mundo a la palabra, haciéndola espacial.

El relato de una niña que se arroja a salvar a su muñeca me hace creer que el teatro propone caminos, ciertos arrojos animados por el deseo, lo vital, ese recupero de las cosas esenciales, únicas, impostergables. Ese modo en que estos personajes recuperan el mito en una canción sencilla que rescata un regionalismo. Esa mirada preciosa sobre las fiestas religiosas, populares, donde la fe es la reunión total de todos los que sueñan con sus pueblos, como un lugar para quedarse o marchar.

La pilarcita peregrina por caminos íntimos. Se viste de un paisaje mítico, el espacio escénico, transformado en un altar rústico, para indagar de qué estamos hechos, qué deseos nos empujan, qué sueños nos sitúan en ese origen primero donde se tejen todas las cosas: la infancia. Con esa sensación de estatismo en una noche donde no alcanza el aire y el calor empuja a sus personajes hacia la calle, hacia el camino, con una marcha de muñeca en un suelo extraño que es el suelo de los anhelos. Una especie de bella ceguera, necesaria, hace que sus personajes en estado de hermosa fragilidad puedan festejar y transformar. Es que es un poco eso el teatro, ese suelo primitivo, original, por donde pasan sus criaturas en eterna caminata buscando un destino.

Ficha Técnica

Dramaturgia: María Marull

Actuación: Julia Catalá, Pilar Boyle, Mercedes Moltedo, Julián Rodríguez Rona

Vestuario: Jam Monti

Iluminación: Matías Sendón

Diseño de espacio: Jose Escobar, Alicia Leloutre

Fotografía: Sebastián Arpesella

Diseño gráfico: Natalia Milazzo

Asistencia de dirección: Sofía Salvaggio

Prensa:Carolina Alfonso

Dirección: María Marull

TEATRO METROPOLITAN SURA
Av. Corrientes 1343 (mapa)
Capital Federal 
Entrada: $ 800 - Sábados - 22:15 hs.

Autor: Gabriela Oyola