#PájarosDePapel por Gabriela Oyola



Olga Masha Irina. Variaciones sobre Chéjov, dirección de Alejandro Giles

Caminaban hacia el pueblo de Emaús, cuenta ese hermoso pasaje bíblico, los amigos de ese varón, dios, con sus suelas gastadas, con hilos envolviendo sus tobillos para no levantar tanto polvo, buscando a su maestro. Estos amigos estaban concentrados en el sendero, distraídos por unas pequeñas y blancas piedras del camino, hasta que un hombre extraño, al que no reconocieron sino hasta que lo vieron alejarse, les había preguntado si acaso habían oído, o visto, a un tal Jesús, que luego de unos tres eternos días de mucho calor, que ni los animales salían en busca de agua, había vuelto a vivir. 

Estos amigos que caminan preocupados, preciosamente retratados en una pintura de George Rouault, cuerpos trazados con colores vivos, remarcados por una gruesa línea, que pareciera hecha con carbón, pura textura trabajada con liviandad, dando la impresión que podrían desaparecer con apenas un soplido y todo el polvo desarmando el paisaje de estos caminantes, aves distraídas sobre un campo a punto de florecer, revolvieron mi mundo de imágenes y situé a Olga, Masha, Irina. Variaciones sobre Chéjov, de Alejandro Giles, como el relato de un precioso sueño, poético, que nos templa con sus voces, casi esa misma escena de amistad que pinta Roualt con esos amigos que caminan hacia Emaús. 

Dice el pintor: «Un árbol contra el cielo posee el mismo interés, el mismo carácter, la misma expresión que la figura de un ser humano». Que un árbol tenga el mismo carácter que un hombre hace que Chéjov, Roualt y Alejandro Giles se vuelvan amigos en esa visión tan coherente de la vida.

Un árbol y un ser humano en una fusión expresiva llena de encuentros, Variaciones sobre Chéjov, unida a esa visión, me hacen sospechar la semejanza que tienen las aves con los hombres. Esta es la fortaleza de la obra. Logra que estas mujeres nunca despeguen sus pies del suelo aunque vayan y vengan de Moscú, como si un viaje imaginado, hacia el corazón de su pueblo, aunque nunca puedan regresar, les hiciera delinear, como Rouault, un camino lleno de trazos gruesos con alas hechas de carbón.

El trabajo, la amistad, el amor, Moscú, el regreso, el paso del tiempo, estas son las escenas que dibujan, yendo desde la tristeza hasta el amor, pasando por una gama sutil de emociones y preguntas. 

Me gusta descubrir del teatro el modo que tiene de convivir, solidariamente, con otros artistas, con otras épocas, porque el arte es un eterno hablador de lo mismo. El arte vuelve al corazón de las cosas como en una etimología permanente, buscando el origen para dar en el centro del amor como si fuese el carozo de una fruta.

Siempre me ha atrapado rastrear la etimología de las palabras por esa extrañeza que provocan sus significados. Ese choque de una palabra que se nombra pero que en su fondo, en su origen, gesta horizontes nuevos. Emaús, primavera templada, es exactamente esa región hacia la que nos dirige Tres hermanas. Como estos amigos, dispuestos a avanzar sobre un camino, en plena siesta, estas mujeres también están decididas a avanzar sobre estos textos que Antón Chéjov ha soñado para Olga, Masha e Irina.  

Chéjov tenía un alma tan luminosa que todos los personajes que ha creado son como pájaros de papel, y es muy difícil recrear su mundo. Crear un mundo sencillo, lleno de sutilezas pero de enorme profundidad, recogiendo el alma de un poeta dramático como lo ha sido Antón, no es un trabajo fácil. Siempre el teatro me da qué pensar cuando veo que cada línea de un texto que duerme, brevemente, dentro un libro, alcanza la vida cuando revive el espíritu con el que ha sido creada. Estas tres hermanas son tres aves desenvolviendo, livianamente, versos como alas que agitan sus nidos para alcanzar una pequeña felicidad, en un mundo que a veces es puro deslumbramiento. Estas mujeres, pájaros de pico fino, canto agudo, sanador, multiplican sus voces a medida que recorren el camino y recogen de él cuanta miga, insectos, palitos, arman ese borde del mundo que desean. Un pequeño universo donde vivir sencillamente. Chéjov es un agudo pájaro que desde lo alto ve a sus creaturas trazar líneas, con su vuelo, que dibujan un lugar hacia dónde dirigirse, y en ese camino, distraídas, esperando que el viento pase, y a su paso, ver cómo se mueven las hojas de ese árbol, en una calle de invierno en Moscú.

La belleza de la obra, su dirección, reside en la elección de sus actrices, tres hermosas mujeres adultas que ponen sus cuerpos como el eje esencial de la pregunta por el destino.

El destino sólo es destino en su acontecer. Este es, según mi sensible manera de comprender el mundo chejoviano, el mayor regalo de este autor: dar a la cotidianidad la luz que merece, esa luminosidad de la vida común y que el teatro hace crecer en ese señalamiento que estas tres hermanas hacen cada vez que interrumpen sus escenas para poner en evidencia la poesía dramática de Chéjov.

Variaciones nos presenta un destierro, destierro como recorrido, un regreso imaginario a un Moscú de la infancia, volver sobre los pasos dados para desgranar sus acontecimientos, breves escenas que son interrumpidas – dramaturgia de José Sanchis Sinisterra – para conectar al espectador con la verdad del teatro, con su hechura. Un teatro dentro del teatro, un recurso imprescindible que da a ver sus costuras. De qué está hecho el teatro: de pedazos de vida. Y la vida? De pedazos de teatro.

Con qué frescura se puede pintar un ave o crear un pájaro de papel, basta con esbozar dos alas, sencillas, para entender de qué se trata la libertad. Cuál es el camino de las aves, no lo sabemos, sólo lo saben los pájaros en su vuelo.

Y es un delicado, puntilloso acierto, haber elegido a tres mujeres, mayores, para representar una mirada particular sobre lo verdaderamente valioso de la juventud. Es el contrapunto más hondo de la puesta porque el destino es atemporal, y es en ese acontecer poético, con una lentitud de animal herido, lo que Alejandro Giles pone en escena, y rastreando su hermosa etimología, póiesis es hacer. En esta obra equivale a silbar, bajito, esos destinos.

La obra se recuesta sobre un profundo interés por el detalle, ha captado la importancia que también Antón propone como nudo de sus obras. Lo verdaderamente importante es la atención que sus personajes le prestan a los mínimos acontecimientos, a cómo cada ser humano desenvuelve su vida en el momento histórico que le toca, sin dejar de lado una mirada íntima hacia sus personajes. Esas tres sillas y apenas unos objetos de la puesta se vuelven invisibles frente el encanto de estas mujeres que disponen sus voces, casi corales, para espejarse en un silencioso lago en el que quedan transformados los espectadores, un hermoso reflejo con pequeños movimientos ondulantes: la risa y la emoción.

Recuerdo el film Un condenado a muerte se ha escapado, de Robert Bresson y logro unir la obra a ese delicado y minucioso trabajo bresssoniano. Su poética descansa sobre el detalle y el lento suceder de las cosas. Un condenado a muerte se escapa, sabemos desde el título de qué trata el film, pero la maestría de Bresson es mostrar el cómo. Se trata de un trabajo del espíritu al que Bresson llega, importa la vida entera de ese hombre, la vida como un misterioso acontecimiento poético que no busca responder filosóficamente. Un proceso seguido con una lupa de artista, una gota de agua proveniente de una lluvia fina en una primavera templada.

Importan la voluntad y el esfuerzo para desenredar la vida, sin olvidar Moscú ni a esa región fundante que es la infancia como suceso particular de la vida pero también la infancia como lo más primitivo de las cosas en su costado más simple.

Finalmente estas bellas mujeres se vuelven pájaros de papel, texto poético, versos, pero también aves con textura, con un cuerpo recogiendo sus migas.

Alejandro Giles, de la mano de Antón Chéjov, con una preciosa variación de Sinisterra nos abre las páginas de un mundo de papel que provoca con delicadeza a un espectador que ha quedado envuelto en esas variaciones poéticas: de qué se trata volar. 

Autor: Gabriela Oyola