El #teatro nunca para



Más allá de la temporada teatral que arranca, cada año, en el mes de Marzo, las compañías teatrales nunca se toman descanso. Sea porque siguen los proyectos en la cabeza de sus autores, directores en este caso, o porque los espectadores han dejado más de una obra pendiente para ver, el teatro no tiene descanso.

Quienes tenemos la dicha de proponer una obra a la tan famosa cartelera teatral porteña sabemos que el teatro es pura pasión y que el tiempo de parar es real hasta cierto punto. Una obra es un largo proceso de trabajo que nace, más allá de una puesta en escena concreta, en la propia dramaturgia. Un maravilloso dramaturgo como lo fue, lo seguirá siendo, Ricardo Monti, con quien tuve el enorme placer de compartir momentos de teatro, hermosas charlas, el aprendizaje de la escritura sin prisa, con autenticidad, veraz, descubrió el teatro, la dramaturgia en su caso, escribiendo una novela. Descubrió el espacio escénico como luz de donde emerge lo teatral. Hablaremos en otra nota de este Maestro de la dramaturgia argentina, sólo traerlo para comprender que el teatro tiene su origen en lo literario y luego vuela en imágenes que le dan vida, una vida que lo hace casi religioso en el sentido más puro del término, de unir lo que somos con algo más que nunca acabará y que emerge del escenario como mágico o misterioso.

Es que el teatro tiene raíces tan pero tan antiguas, en el rito precisamente, entonces cuando el teatro es verdaderamente ceremonia, nos encuentra festejando el rito en un sala, podemos entrever que el teatro no tiene descanso. Tiene esa vitalidad que hace que se trabaje a deshora aunque los números no cierren. Después de todo a quién le cierran los números?

Hemos hablado muchas veces del teatro independiente y poco del teatro más comercial, sobre todo del teatro en el verano, el que se piensa durante el año para desplegar, puntualmente, en los lugares de veraneo. El fenómeno es valioso en cuanto las obras se elaboran con otros parámetros estéticos, ni mejores ni peores, distintos, que hacen que la gente prenda esa luz pequeña que tanto le cuesta prender al teatro.

El cine, otras artes, cuentan con ese aditivo de la buena prensa, mientras que el teatro siempre porta ese escudo que lo tilda de aburrido. Pero de una obra en cartel, en la costa argentina, nunca se puede decir esto. Son medidas, prejuicios, pero seguimos en el sendero teatral, al menos sigo pensando que los prejuicios son limitantes para no ir más allá.

En tiempos del circo criollo, originario de nuestro teatro, un hermoso antecedente en nuestro haber, el teatro se coló como apenas un numerito gracioso que daba un breve descanso a los espectadores. Y el teatro apareció entre risas, con esa disposición de un espectador que espera nada más que la sorpresa, no limita su aplauso, no aplaude cuando todos aplauden sino cuando la emoción se vuelve vital y generadora de una intervención que lo hace formar parte de lo teatral.

Entonces el teatro no se rinde ni se agota y no para. Es esa disposición que supera el entretenimiento y se vuelca hacia lo inesperado, hacia un cúmulo inagotable de imágenes que nacen en la oscuridad de una sala, en la cabeza de un dramaturgo, en la vida que los actores hallan más allá de sí mismos pero nunca fuera de sí mismos.  No me gusta estar atada a prejuicios, si algo del teatro denominado comercial me gusta, lo pienso como un elemento que me permita saltar hacia un búsqueda personal, indagar, volver sobre los pasos de los que está hecho ese tipo de teatro, es decir, de un universo particular que rememora o dialoga con un presente, una estética, un recuerdo, un personaje actualizado.

La mayoría de las obras del teatro independiente se toman un receso en verano, reformulan sus puestas, buscan nuevos espacios teatrales para la nueva temporada, porque una obra presupone mucho trabajo, aunque el resultado que vemos devenga algo fresco, divertido, punzante, y hasta pareciera breve. Pero como dije antes, el teatro nunca para, llevar una obra a escena tiene su detrás de escena, debajo del escenario, como propuesta estética sobre todo, pero los números tienen que cerrar no tango para ganar sino para recuperar. Es evidente, se trata de la pasión por un hecho artístico que dura apenas una hora y un poquito más. Y aunque el verano parece ser tiempo de descanso todo el detrás que es también papeleos, rediseñar vestuarios, reunir documentación para acceder a festivales, subsidios, nada se detiene ni en la cabeza de sus directores ni en el proceso delicado que supone volver de a poco a la lectura, los ensayos y todo aquello que durante las funciones arrojaron como necesidad de cambio o revisión.

Por eso el teatro también es compromiso, y como todo compromiso supone planificación, acuerdos, búsquedas. Desde tomar contacto con esa obra que despierta un estado de enamoramiento, los supuestos actores que pueden darle vida, la producción que une todos los elementos, un teatro dispuesto a recibir el proyecto y el anhelo de hacerlo vivir, definitivamente, con el espectador. Está visto que el teatro nunca para y la invitación es a hacer consciente a cada espectador, lector en este caso, que cuando estamos sentados en esa oscuridad creativa, todo lo que está frente a nosotros, supone amor y esfuerzo, como cada uno de los trabajos de cada ser humano. El arte es esa actividad necesaria que está hecha de sudor y espíritu.

Autor: Gabriela Oyola