En busca del #tiempo perdido o el arte de labrar el tiempo



 

“Todo es cuestión de Tiempo”

Partiendo de Proust este texto se escapa como arena entre las manos

Todo está a la vuelta de la esquina. Sucede sin detenerse aunque este tema del tiempo nos siga sorprendiendo. Es que… “¡Todo es cuestión de tiempo!”, solemos escuchar cuando algo que causa dolor se nos impone y sólo podemos esperar. Pero nunca se trata tan sólo de la espera porque hay algo del movimiento que está en el tiempo mismo pero que parece mudo, que parece estático, pero el tiempo siempre se las arregla para suceder. Las primeras semanas de la cuarentena todo sucedía dentro de las casas, sin embargo, una tarde en que salí a hacer una compra, me di cuenta que todos los yuyos del cordón de las veredas eran plantas de altura.

El tiempo pasó. Pero dicho así pareciera que el tiempo es alguien ajeno a nuestra existencia. La verdad es que no, sólo existe el tiempo porque existimos, sin esa vida hecha día a día, sin cada una de nuestras motivaciones, los deseos e incluso la incertidumbre, el tiempo no es más que una palabra. Pero hasta las mismas palabras al ser dichas se nos revelan como el pasar del tiempo a través de nuestra voz, dirá Ricoeur en Tiempo y Narración. La cuarentena nos hizo contar cada uno de los días, semanas e incluso meses. Pero se trataba de una cuenta no matemática sino cualitativa, es decir, llena de quejas, de preguntas, de desgano, ansiedad. Se desorganizó nuestra percepción del tiempo.

Mucho más, quizá en otro sentido, al que veníamos domando con esto de la posmodernidad. ¡Ya desde las vanguardias! Tantos movimientos estéticos que hicieron un bollo del tiempo clásico, tiempo unificado, tiempo de certezas: surrealismo, dadaísmo, impresionismo. Pero quizá el que más se nos arrima es el surrealismo.

Todo se desarticuló como en los sueños y desde allí volvimos a rearmar las escenas de nuestra vida. ¿Cubismo? Desarmar las piezas del objeto, el objeto visto desde todos los lados posibles.

Se destruía la noción de la perspectiva, pero no solamente la del arte sino la del mundo. Si el mundo ya no era un lugar seguro, si ese realismo que daba la perspectiva, falso realismo, se rompía en pedazos, el cubismo salió al encuentro de sus trozos. ¡Picasso y lo que deja la guerra! Sí, cubismo, pero también la Fenomenología de Merleau Ponty: el ser en el mundo que mira desde todos los puntos posibles. Y me doy cuenta que el arte es inseparable de nuestra experiencia. Es palpable, se vuelve nuestro lenguaje cotidiano. Y todos hemos hablado esa lengua en este tiempo sin saber que era un paso hacia cierta experiencia con el arte porque el arte bebe de la emoción y lo sensible.

Hemos transitado y seguimos haciéndolo, deslizando nuestras inquietudes por la filosofía, el quehacer de la pregunta como un ejercicio vivo. Nos hemos acercado a una experiencia sensible del mundo. ¿Y qué otro nombre podemos darle sino arte? Se puede pensar en distintos sentidos la vida cotidiana. Yo elijo pensarla estéticamente, pero no como algo dado por mi formación, sino porque antes de aterrizar en este mundo del arte algo de la sensibilidad ardía en mi interior. Fui una niña bastante aburrida a la que no le gustaba jugar. ¿Acaso el arte no es juego? Desde ya, pero el juego tiene sus formas, sus colores, su terreno. Prefería regar las plantas antes que jugar a la mancha. El patio de una de las casas de infancia tenía un jardín muy agreste, nada de pasto verde ni prolijo. Era selvático, desordenado y tenía flores silvestres. Y yo me entretenía buscando unas muy particulares, pequeñas, que nacían de una bolita roja durante el día y al atardecer vuelta a su nido. Mezclaba la idea de flor con la de pájaro. Un juego de la mirada y de las sensaciones, de los olores. Quizá por eso amo tanto a la pintura. Mi jardín era el escenario de personajes que mutaban de flor a pájaro. Sin saberlo había algo de la teatralidad. El escenario: un jardín de patio en un barrio del sur. Los personajes: las flores que durante la noche se volvían diminutos pájaros. Mi sensibilidad se jugó por esos sitios y luego lo estético fue acomodándose con el tiempo, pero nunca separado de la vida. Podría haber ido por los objetos y lo lúdico aparecería con formas distintas. Pero mi juego se abrió con la mirada y la imaginación estalló, porque si hay algo que define al juego es la imaginación, sin eso el arte no es posible ni la vida. Cada niño crea desde la suya. Se trata de lo imaginario, lo imaginado, las imágenes. La imaginación creadora, la metáfora, y otra vez nuestro querido amigo Ricoeur. La metáfora no es otra cosa que una imagen que se multiplica y crea nuevas imágenes: un mundo nuevo y el arte juega a eso. La imagen creadora, la que viene de nuestra imaginación, las otras son planas, las nuestras son vitales. Nos viene husmeando en todo este tiempo. Quién no ha vuelto a leer, a mirar fotos, a ordenar su casa recreando formas nuevas para sentirnos mejor. Hemos teatralizado nuestra vida modificando nuestra escenario cotidiano.

En tiempos de cuarentena la sensibilidad nos hizo jugar pero también doler. Casi que el mundo se volvió un lugar apocalíptico y desordenado con escenas como las películas de Buñuel. Las calles vacías evocaron novelas, films, pinturas desoladoras como las de Edward Hopper donde sus personajes parecen detenidos en un tiempo interno marcado por la soledad. Veíamos nuestro mundo por televisión casi como los primeros espectadores del cinematógrafo veían a los obreros salir de la fábrica. Todo se volvió un escenario posible. A veces de horror y otros de emoción. Recuerdo a una cantante de ópera desde su balcón, los aplausos al gente que se dedicó a curar, los vecinos hablando de vereda a balcón recreando escenas medievales. Ficción y realidad juntas. ¡Hubiésemos preferido ficción pura desde una butaca! Y como llevamos el tiempo adentro todo se fue dando a vivir.


En cada expresión artística el tiempo transcurre de un modo distinto. En la pintura no sólo vemos el tiempo interno de la escena sino que algo de eso que sucede nos llega a la visión en los movimientos ondulantes de los colores. El pasaje lento de una pincelada a otra, la organización de la trama con sus espesores del material. En el teatro el tiempo tiene su vivencia que va al compás del espectador y lo que sucede en la escena, pero luego un tiempo interno sucede en cada quien, un poco en el actor que se renueva como ese ser que recrea en cada función y esa otra transformación del ve que y regresa a su casa transitando su experiencia. El tiempo es como la sombra y se mueve junto a nosotros porque nos pertenece. Esa sombra nos recuerda que estamos hechos del tiempo y lo hacemos visible con cada una de nuestras acciones. Y el arte también se vuelve nuestra sombra cuando el mundo en el que vivimos se vuelve mundo sensitivo. Cuando miramos los hechos de nuestra vida a través de un sonido, de una fotografía, el mundo regresa lleno de emoción. Alguien me dijo: yo al tiempo lo vivo con las obras que me atravesaron. De esa forma aparece el tiempo de las vivencias como una marca del paso de nosotros mismos por las cosas que decidimos abrazar y soltar en nuestra vida. Qué bella idea esto de recordar en qué canciones hemos puesto nuestro cuerpo o con qué libro recordamos un amor, un trabajo, un barrio. De nuestra experiencia del tiempo, el arte lo sabe bien, el mejor momento es aquel en donde todo se vuelve novedad. Es el inicio de una obra, por ejemplo, ese instante que mitad está en nuestra imaginación y la otra mitad a punto saltar al mundo de lo concreto. Las primeras líneas de una novela, las primeras escenas de un film, los primeros pasos de una coreografía, la melodía incipiente de una canción. Es un tiempo emotivo y un tiempo de renovación. Empezar algo es dejar morir otras imágenes que ya no tienen el brillo del pasado, es decir, el brillo se ha ido porque hemos cambiado. Durante todo este tiempo de cuarentena, de experiencia del tiempo en un sentido inédito, hubo deseos que nacieron y otros que se apagaron, pero lo bueno es que lo bello (casi lo prefiero a la idea de felicidad como idea completa y estática) deja marcas más hondas que el dolor. Es sólo de esta manera que el tiempo de las experiencias en el que buscamos renovarnos, recrearnos, se vuelve un tiempo lleno de emoción por lo que vendrá. Como dice Proust en El tiempo recobrado, último capítulo de la novela En busca del tiempo perdido: “Pues en este mundo donde todo se gasta, donde todo perece, hay una cosa que caen en ruinas, que se destruye más completamente todavía, dejando aún menos vestigios que la Belleza: es el dolor”.


Es así, el tiempo se las arregla para existir, pero de qué otra manera lograríamos soñar con la vida que deseamos sino es desde la misma experiencia de existir, labrando la vida diaria a como dé lugar. Recuerdo una imagen preciosa del film El paciente inglés, la protagonista agoniza en una cueva esperando el rescate. En el mientras tanto pinta. Pero lo que más me atrajo es esa pregunta que se hace acerca del por qué la división del mundo en tantas fronteras, del por qué de estos mapas que dividen lo que es indivisible, es decir, el mundo. Y siempre pensé, en mis variados viajes, que hay algo que no tiene fronteras y que se nota mucho en las rutas: la mirada va uniendo los paisajes y el ojo es incapaz de establecer esas divisiones, todo se unifica en colores y cosas, en árboles y más árboles, en animales y casas. El mundo se vuelve una masa sin fronteras. En esa experiencia del camino el tiempo es uno solo y vive en nuestro interior. Amigos lectores, no sabemos cuánto falta o no falta para que esto termine, pero creo vale seguir en esta ruta y borrar las fronteras porque el camino es largo y hay muchos árboles para ver. Y lo mejor es que siempre el tiempo está de nuestra lado.

https://es.wikipedia.org/wiki/En_busca_del_tiempo_perdido

https://www.filmaffinity.com/es/film130270.html

Autor: Gabriela Oyola