#Cuento #Literatura La excéntrica aventura de M.J.



La siguiente carta fue escrita y entregada en el año 1963 al señor M.J., integrante de El Partido:

Estimado señor M.J.:

En primera instancia queremos comunicarle que los altos mandos de nuestro excelentísimo Partido, en especial quien suscribe, nos encontramos sumamente satisfechos por los resultados obtenidos en su última misión. Déjeme comunicarle que supe desde un inicio que usted se convertiría en uno de nuestros mayores baluartes, desde el día que lo conocí personalmente.

¿Usted recuerda ese preciso momento? Lo había investigado desde hacía mucho tiempo. Siempre consideré que su impresionante historial podría resultar útil para los objetivos que perseguimos en esta organización.

Sé lo mucho que usted ha sufrido para llegar al lugar de privilegio en el que se encuentra en estos momentos. Muchos de mis colegas desconfiaban de sus aptitudes, de su profesionalismo, y se cuestionaban si realmente sería capaz de llevar a cabo nuestras riesgosas misiones; por lo tanto, tuvo que trabajar muy arduamente para demostrar su valía. Erigió su reputación a base de esfuerzos y trabajos impecables. Mis colegas comenzaron lentamente a cambiar la percepción sobre usted. Me sentí satisfecho por completo. Aposté por usted, confié en usted y cumplió con creces. Superó todas mis expectativas.

No obstante, el objetivo principal de esta carta no es rendirle pleitesía ni retribución. Usted es nuestro empleado y su deber es reinventarse constantemente. Si bien sus últimos encargos destilan una brillantez absoluta, me parece que están muy por debajo de su verdadero potencial. Es por este motivo que, luego de deliberar con el resto de la junta del excelentísimo Partido, hemos decidido darle un objetivo acorde a su verdadera destreza.

 Si cumple con la nueva misión, será recompensado. Dentro del sobre adjunto un documento con los detalles de la misma y su modo de proceder. Como siempre, no se preocupe por las posibles consecuencias laterales. El Partido se encargará de atar los cabos sueltos.

Desde ya, muchas gracias. Éxitos en su misión.

¡Viva El Partido!

K.R.

Luego de leer la carta con suma atención, M.J. sacó el documento sellado dentro del sobre. Cortó el precinto y examinó los detalles de su futuro trabajo. Terminado el repaso del plan, rompió la carta y el documento en miles de pedazos y se deshizo de ellos tirándolos al inodoro, pues no debía existir ninguna prueba de la misión ni del vínculo con El Partido, como tampoco la existencia de este.

En esos momentos M.J. residía en un lujoso hotel en el centro de la ciudad. Su estilo de vida era muy nómade: nunca permanecía más de dos días en un mismo alojamiento, ya que debía desenvolverse con disimulo, tal como le había instruido El Partido.

  Su actual estadía, como aquellas que la antecedieron, fue subvencionada por El Partido: todas sus necesidades se encontraban totalmente cubiertas. En ocasiones M.J. ha pensado que su vida era comparable a la de una celebridad rodeada de lujos y comodidades; no obstante, no podía permitirse sucumbir ante esas frivolidades que despiertan lo más repugnante del ser humano. Debía enfocarse por completo en sus misiones.

El hombre, luego de ordenar la habitación que le habían asignado, se puso su sobretodo marrón oscuro, su sombrero, sus lentes ahumados, y agarró su valija de trabajo. La espera por el ascensor se alargó bastante debido a la cantidad gigantesca de inquilinos que residían en esos momentos. M.J. confirmó la hora en su reloj dorado de bolsillo. No se preocupó por el horario porque se encontraba a tiempo para llegar a su lugar de destino. Toda posible eventualidad, como cualquier tipo de retraso, estaba premeditada desde un inicio.

Al llegar a la planta baja dejó la llave de su habitación en la recepción y pagó el día que le correspondía.

-Esperamos que haya disfrutado su estadía, señor Richardson.-dijo la recepcionista.-Ansiamos que considere alojarse nuevamente en el hotel.

– Así será, señorita.-dijo M.J.- Estoy muy satisfecho por el trato recibido. Aquí son todos muy amables. Buenos días.

Lo que acababa de decir era una mentira. Había disfrutado del todo su estadía, pero arriesgarse a regresar a ese mismo hotel podría poner en peligro futuras misiones y, por lo tanto, los intereses de El Partido.

Salió del hotel y esperó un taxi. Después de unos pocos minutos de espera sacó su reloj para corroborar la hora. Tenía tiempo de sobra. Llamó al botones que estaba parado al lado de la puerta del hotel y le indicó que llamara un taxi de inmediato. El taxi se arrimó tras dos o tres minutos de espera. Agradeció al botones dándole una propina y se subió al vehículo. El taxista emprendió inmediatamente la marcha. Por obvios motivos, M.J. no le podía revelar su verdadero lugar de llegada; por ende, le indicó un destino previo lo suficientemente cerca para que luego pudiese llegar caminando, pero lo suficientemente lejos para que no levantara sospecha alguna.

El trayecto resultó placentero. Siempre disfrutó de los viajes; tal vez por ese motivo le agradaba trasladarse de un lugar a otro, sin permanecer en un mismo sitio por un tiempo definido. Su mirada se posó en los edificios que pasaban a medida que el taxi avanzaba. La ciudad atravesaba un clima primaveral, lo que enaltecía, según M.J., la belleza arquitectónica de la misma. Otra razón que embellecía el aura de la ciudad era el ambiente festivo que transitaba la ciudad en esos momentos, pues un gran desfile se movilizará por la avenida principal de la ciudad. M.J. no quería pecar de exagerado, pero pensó que un 45 % de la población estaba fuera de sus hogares, caminando por las calles, disfrutando, y esperando el evento principal del desfile. Lógicamente, debido a la conglomeración en las calles, la avenida principal fue habilitada únicamente para que los transeúntes la recorrieran; entonces, los vehículos tuvieron que desviarse por otros caminos, por lo que el resto de las calles se saturó de automovilistas. El tránsito se convirtió en un verdadero suplicio.

-Tardaremos unos 20 minutos en llegar, señor.-anunció el taxista.-Normalmente el viaje no suele ser tan tedioso, pero el desfile dificulta las cosas.

Le comentó al taxista que ese era el menor de sus problemas, que lo único que quería era llegar a su destino. M.J. había previsto que el desfile podía retrasar su llegada, pero aquello era una circunstancia que no le incomodaba para nada: el tiempo era su aliado en esos momentos. Apoyó su cabeza sobre la ventanilla y cerró los ojos por un instante. Debió de haberse quedado dormido, ya que el taxista tuvo que zamarrearlo un poco para despertarlo. Sacudió levemente la cabeza para despabilarse, le pagó al taxista y se bajó del automóvil.

M.J. comenzó a caminar con templanza y notó que la cantidad de personas comenzaba a disminuir considerablemente mientras se dirigía a su punto de llegada, debido a que la masa concentrada de personas se movilizaba hacia la dirección opuesta. Era lo que esperaba, pues nadie podía verlo deambulando por la zona. Corroboró una vez más la hora en su reloj. Tenía tiempo de sobra. Presionó la manija de su valija con firmeza. Lo que sentía no podía encasillarse como ansiedad, porque había aprendido a suprimirla con el transcurso del tiempo. La sensación que lo invadía era emoción por su trabajo. Realmente disfrutaba su participación en esta misión especial.

Tras una media hora de caminata, M.J. llegó a las inmediaciones del lugar acordado: un almacén abandonado. Era bastante grande, con una capa de pintura amarilla opaca, tal vez por culpa del transcurso del tiempo. Tenía cuatro pisos, y cada uno contaba con varias ventanas, a excepción de la planta baja. No había ninguna otra construcción ni vivienda alrededor del almacén; por lo tanto, M.J. no debía preocuparse por si alguna persona estuviese merodeando por esos lugares. Se acercó a la puerta corrediza e intentó abrirla, asunto que le exigió un exceso de fuerza desmedido por la oxidación. Aunque le costó una enormidad, logró correrla hasta generar una abertura lo suficientemente estrecha para que pudiera pasar. M.J. se introdujo en una oscuridad impecable, como si estuviese internado en un bosque, sin fogata, en una noche en que las nubes cubren la luna e impiden que su luz ilumine. Agudizó su oído y escuchó cómo las cucarachas caminaban por las paredes y cómo las ratas se escabullían. M.J. no podía aventurarse en encontrar el interruptor eléctrico en esa oscuridad parcial, como tampoco suponer que la electricidad del recinto aún funcionase.

La luz que se vislumbraba a través de la abertura de la puerta no abarcaba toda la planta baja, así que decidió abrir la puerta de entrada por completa. Tras mucho esfuerzo, lo logró. Ya toda la planta iluminada por completo, M.J. distinguió una puerta, la cual permitía el acceso a las escaleras, y éstas, a los diferentes pisos. A medida que subía, M.J. no encontró nada que le llamara verdaderamente la atención. Cada piso se encontraba totalmente vacío. Llegó al último un poco agitado. Todo su cuerpo fue bañado por la luz que atravesaba las seis ventanas del piso. Se acercó a cada una de ellas y las examinó con detenimiento. Todas se encontraban un poco sucias. Luego de pasearse un rato largo, decidió romper la tercera ventana, contando desde la izquierda, por completo. Examinó los marcos con minuciosidad, por si quedaba algún cristal que pudiese cortarlo. Un viento cálido le golpeó ligeramente el rostro. Comenzó a acalorarse, y sintió cómo una gota de transpiración le recorría la espalda de punta a punta. Se sacó el sombrero y el sobretodo, y los apoyó en el piso. La sofocación comenzó lentamente a desaparecer.

M.J. sacó nuevamente su reloj para verificar el horario. Faltaba una media hora para aplicar el protocolo, así que decidió caminar por todo el piso para distenderse. Después de dar varias vueltas en círculos empezó a percibir cómo un ruido se aproximaba lentamente. Se acercó a la ventana que había roto y distinguió una masa de gente que caminaba desde el horizonte. Miró una vez más la hora en su reloj. En unos pocos minutos, la muchedumbre pasaría por delante del almacén y M.J debería actuar inmediatamente. El bullicio proveniente de la gente se acrecentaba cada vez más. En cinco minutos M.J. debía actuar. Abrió su maletín y colocó un atril sobre el alfeizar de la ventana. Faltaban cuatro minutos. Una gran marea de personas comenzó a pasar frente al almacén. M.J. se sacó los lentes ahumados y los guardó en el bolsillo del sobretodo. Tres minutos para aplicar el plan. El bullicio humano era tan alto, que cualquier persona podría haber quedado aturdida; pero, naturalmente, a M.J. no le incomodaba para nada, porque había aprendido a abstraerse del entorno que lo envolvía. Unos dos minutos para la ejecución del plan. M.J. sacó de su maletín un rifle de francotirador y lo ubicó sobre el atril. Miró por la mirilla del rifle y fijó rápidamente su objetivo. Restaba sólo un minuto. M.J. siguió su blanco detenidamente. Su dedo índice ya estaba posado sobre el gatillo. Notó a varias personas alrededor del blanco. Quedaban unos segundos. Inhaló y exhaló reiteradas veces. Ya casi debía hacerlo. Sólo diez segundos. Toda su fuerza corporal se dirigió hacia su dedo índice. El objetivo avanzaba y saludaba a la muchedumbre que lo acompañaba. Cinco segundos. La frente de M.J. se empapó de sudor. Tres segundos. Dos segundos. Un segundo…

  •  

M.J. se encontraba tomando un café en un bar. Ya no vestía un sobretodo, ni contaba con su sombrero. Su maletín y su rifle habían desaparecido. El café caliente siempre lo ayudaba a alivianar el estrés generado luego de concluir una misión. Mientras daba un sorbo, notó que el resto de los clientes del bar comenzaron a inquietarse. El dueño del bar, que atendía detrás de la barra, subió el volumen del televisor. Todos los clientes, a excepción de M.J., se abarrotaron frente a la pantalla. Los hombres expresaron caras de incomprensión y las mujeres se llevaron sus manos a las bocas en señal de preocupación. Una niña de unos 10 años comenzó a sollozar. El presentador de noticias anunciaba el asesinato del presidente John. F. Kennedy, mientras viajaba en su auto descapotable entre una multitud que lo acompañaba en señal de apoyo a su gestión.

M.J. terminó su café, dejó el dinero sobre la mesa y salió del bar. En unos momentos, todas las cadenas televisivas anunciarán que el responsable del atentado al presidente, un hombre totalmente desconocido para él, será apresado por los organismos gubernamentales de seguridad. El Partido, una vez más, había atado los cabos sueltos. 

Autor: Pablo Clavero