#Escribir en los bordes de la ciudad



Se cree a menudo que la escritura se origna en el interior de ese ser que somos. Es cierto, pero siempre se da la mano con la vida de todos los días. Porque escribir es mundo y el poeta (digo poeta como un sentido total) deviene juglar.

Un poeta de la calle, como intuía Roberto Arlt, se hace de a pie. Y en estas raras caminatas, raras por el tiempo que llevamos dentro, la ciudad ha comenzado a mostrar sus antiguas señas. Al menos yo me he dispuesto a recuperar pequeñas costumbres que alimenta ese espíritu de la calle, material siempre nuevo y hermoso para un escritor. El centro de la ciudad tiene su fisonomía a distintas horas del día. ¿Caminaste por la Avenida de Mayo un sábado por la mañana? Esa luz que rebota sobre los cafés, las librerías, las veredas húmedas por el rocío de la mañana, imperceptible, pero que proviene de los árboles y de todo el agua que los pájaros depositan en sus nidos. Y en ese moverse lluvioso de las ramas toda la luz rebota sobre los ventanales del café Tortoni.

Las peatonales vacías me han hecho ver que poblamos la vida de las calles con cada uno de nuestros movimientos diarios, pero en ese montonar de gente a cada quien le cabe su sueño. Este murmullo es el que se escucha cada sábado con ese ronroneo de calles vacías, calles nuevas, vivaces, con un color singular, distinto, que durante la semana casi no se deja ver. Con esta disposición redescubro, luego de casi un año, alguna que otra librería. Y allí me sumergí en esa maravillosa cueva en la que se convierte cada rincón saturado de libros. Entre tanta evocación y latidos, murmullos también de poetas idos, de escritores silenciosos provenientes de sus amadas ciudades, me dejé sorprender por un pequeño y sencillo libro: Expedición nocturna alrededor de mi cuarto de Javier De Maistre, un exquisito escritor francés que se dejó seducir por las simples cosas del mundo que entraban a su habitación y en la que permaneció encerrado cuarenta días. Pero además de este libro sencillo me hizo pensar mucho, de escritura llena de humor, de bellas palabras sobre la cordialidad del mundo frente a cada uno, me sorprendió un libro del que no recuerdo el título, pero sí una dedicatoria. Y aquí quiero detenerme. En esa escritura espontánea que estaba en los bordes de un libro, en su interior, un regalo que alguien debió haber hecho con tanta dedicación. En síntesis: un abrazo. Y de inmediato pensé en cómo se conforma una escritura y en qué es en definitiva lo que da impulso a la escritura. Ese libro que compré me entregaba un excedente, había algo que no pude evitar leer. Se trataba de un tipo de escritura que estaba al límite de aquello que suponía era solamente de un autor. Pero no, ese libro nos reunía a varios: a un supuesto amigo, a un amigo que regalaba y dedicaba ese libro, al autor y a mí. ¡Qué extraño! Estábamos reunidos por un solo hecho: la escritura y la ciudad. Todos veníamos de lugares diversos, éramos desconocidos pero nos encontramos, repentinamente, unidos por el sueño de descubrir un nuevo mundo que era ese libro. Esa escritura, que nació del interior de un corazón amistoso, se me deba a ver como parte de una obra total. ¿Podía acaso dejar de imaginar a ese amigo, el momento de la compra, el ruido de la ciudad, sus calles? Toda una gama de posibles mundos se abría ante mí. ¿Cómo podía poner límite y decir dónde comenzaba esa obra? Esa inscripción de ese amigo escritor anónimo, lector anónimo que dejaba su marca, su firma, sus deseos, su amistad, se colocó al borde de un tipo de escritura que vive tal como vive una leyenda en algún mural de nuestras calles.

Esa escritura me dejó abrir este paréntesis que es esta breve nota para decir que Roberto Arlt intuía muy bien ese carácter poéticamente callejero que se parece al rocío de las mañanas, imperceptible, que no es lluvia pero es agua cayendo en cada uno. Es que la vida está hecha de esos pequeños recorridos, con sus extrañas caminatas que nos hacen señas para que logremos descubrir un nuevo mundo, cada día, sin olvidar nuestros viejos sueños. Una hermosa provocación hacia nuestra imaginación que sigue siendo ese lugar humano, esa cueva profunda, esa luminaria donde resguardamos lo más hermoso del mundo.

La escritura es solidaria con el mundo, con sus calles, sus recuerdos. La escritura está en el borde del escritor y de su lector porque leer es escribir y no existe el poeta, el escribiente, si no es antes visionario. Escribir es aprender ese laborioso y a veces decepcionante trabajo de descubrir el mundo. Cada vez que entre murmullos esos poetas callejeros buscan renovar sus promesas en cada lector, poetas a la espera de otra palabra, me pregunto si regalar un libro no es acaso un tipo de escritura, la del poeta de la calle. 

Autor: Gabriela Oyola