#Odisea, un cuento de Maru Genoud



Imaginé que me fugaba de día. Especulaba con la idea de que mamá se diera cuenta de mi ausencia recién por la noche. Como si de revancha se tratara; que la noticia la derribara de un golpe seco. Un knock-out mortal. La culpa se encargaría, poco a poco, de carcomerle los nervios dejándola abatida y sin consuelo sobre la mesada de la cocina a altas horas de la madrugada.  

Me imaginaba que me escabullía con la mochila del colegio disimulando un día habitual. Supe que eso no funcionaría el día que intenté meter las cosas de la lista en la mochila del Barça. Lo único que logré fue reventar el cierre y aún faltaba incluir las provisiones. La lista la había bajado de internet y decía: “Lista completa para supervivencia en un camping”. Yo había desestimado varios artículos. Taché la brújula y la cantimplora; era evidente que no se adecuaban a mis necesidades. Yo aún no había definido mi destino, pero tenía la certeza de que no era un camping. Hice un bollo la  lista y la arrojé contra la pared. Desde ese día lo más importante era conseguir otro  bolso. 

Con catorce años, e hijo único, en casa disfrutaba de cierta libertad. Mis  padres, de vez en cuando, parecían cumplir con el deber de preguntar por mis estudios: 

“¿Y cómo te está yendo en el colegio? ¿Cómo vienen tus notas?”. Siempre sondeaban al  pasar, apurados, como quien desea estar en otro lugar. Con mitad del cuerpo en el  pasillo, asomando solo la cabeza por sobre el marco de la puerta, escupían la pregunta.  Yo sabía que, si retenía la respuesta unos segundos, continuaban su camino sin  escucharla. Cuando comencé a cerrar la puerta, los interrogatorios cesaron. La sombra  de sus pies se veía como nubes oscuras en el piso interrumpiendo la línea de luz por  debajo de la puerta. Inclusive, a veces, juraría que se quedaban allí, dubitativos. Me los  imaginaba con la mano suspendida en el aire a punto de tocar la puerta e interrumpir el  silencio, pero la sombra al rato continuaba su camino. 

Una vez casi le cuento mis planes de fuga al Turco, mi amigo, pero él no sabe guardar secretos. Cuando le confesé que me gustaba Delfina, en menos de una semana,  la clase entera estaba al corriente. Ella comenzó a bajar la mirada cada vez que nos cruzábamos. No hizo falta mucho apriete. El Turco terminó confesando la traición. Desde aquella vez, mido mis palabras y, ante la duda, me aferro al silencio.  

Cuando papá llegó una noche con un bolso negro de una marca de autos que le  habían regalado en una convención, supe que el problema del bolso estaba resuelto.  Permaneció tirado en la entrada por unos días hasta que mamá lo guardó en el espacio debajo de la escalera junto al árbol de Navidad. Esa misma noche cuando se habían encerrado en su cuarto, volví a corroborar la prueba. Aún con la campera inflada, sobraba lugar para la comida. El nuevo bolso planteaba un dilema. Era casi imposible escurrirme al colegio con semejante tamaño sin levantar sospechas. No me quedó  alternativa que ajustar el plan. 

Había hecho el cálculo de que el mejor día para escarparme eran los martes.  Mamá hacía las compras el día anterior y eso me daba la noche para aprovisionarme.  Un lunes noté que ella no había ido al supermercado y le pregunté:

—¿Fuiste al súper hoy? 

—No, Javi, no fui. 

Suspiré fuerte. De esos suspiros que mamá me reprocha. Ella me dio la espalda de inmediato. ¿Por qué había hecho semejante pregunta estúpida? Esperé unos minutos  antes de insistir. 

—¿Cambiaste de día? 

Ella giró y levantando las cejas dijo:  

—Sí, Javier, cambié de día, ¿y qué?  

Cuando me llama por el nombre completo, es señal de que no está de humor.  Ese día, no era la excepción. 

—¿Tenés idea de lo que salen las cosas, vos? —me dijo con las manos en la  cintura—. ¡Una locura! De ahora en más, voy a aprovechar el descuento del banco.  Yo levanté los hombros y bajé la mirada. Mamá no dijo nada más hasta la hora del postre.  

—Si querés que te compre algo en especial, avisame. Voy el jueves. Esa era su forma de hacer las paces. 

Faltando pocos días para la final del torneo de fútbol, empecé a no dormir.  Tenía decidido escaparme justo después del partido. Era de la única manera que el bolso negro pasara desapercibido. El despertador me encontraba despierto y muchas veces ya vestido. Por alguna extraña razón sentía que papá y mamá estaban más atentos a mis  movimientos: “¿A qué hora volvés hoy? ¿Tenés entrenamiento? Avisame que quiero ir  a verte”, decía papá. 

Me repetía para mis adentros; “Me rajo, me rajo”. A decir verdad me había  imaginado con otros ánimos, más eufórico, así como cuando fuimos en grupo al recital  a ver los Rolling Stones. Teníamos el corazón latiendo a mil y las remeras revoleando por encima de nuestras cabezas. En cambio, yo seguía arrastrando los pies y  escabulléndome de las comidas familiares con pretextos de tarea.  

El día de la final, cargué el bolso al hombro. El metal de las latas de conserva  se clavó en la espalda, pero igual sonreí a mamá desde la puerta y miré las fotos enmarcadas del living antes de entrar al auto. Papá insistió en llevarme al colegio y  durante el camino habló sobre sus sueños de juventud, al parecer aspiraba a ser músico,  y otras confesiones que escuché por primera vez esa mañana. Yo no acoté nada y bajé  saludando con la cabeza.  

No esperaba ver a papá esa tarde en la final. Sentado en las gradas con su  sobretodo negro, era imposible no distinguirlo. Me saludó con el brazo extendido, varias veces, recordándome su presencia. Pensé en mentirle, que dormía en lo del Turco esa noche, pero cuando terminó el partido me subí al auto sin excusas. Perder la final no estaba en los planes de esa noche. Parecía que nada saldría como me había esperado.  Terminé con papá comiendo hamburguesas en la costanera. 

Nunca descifré el momento exacto en el que papá se dio cuenta, o si yo mismo me delaté sin querer. Cuando salí del cuarto a las tres de la mañana con el bolso negro a cuestas y los zapatos en la mano para no hacer ruido, lo encontré. Estaba recostado sobre la pared y con las piernas estiradas cruzando mi paso. Su pelo despeinado y la camisa de oficina arrugada me decían que había estado allí desde que habíamos llegado de cenar. No había espacio para más silencio, pero las palabras nunca habían sido mi fuerte. Me miró achinado, me hizo señas con la mano de que me sentara a su lado. En voz pausada me dijo: 

—Javi, ¿sabés que yo también intenté escarparme de casa una vez? No me atreví a mirarlo a los ojos, sentía un nudo en la garganta, levanté las  rodillas y las rodeé con los brazos como si tuviera de nuevo seis años. Él apoyó su cabeza sobre mi hombro y en silencio nos quedamos mirando el zócalo del otro lado del hall, donde una tenue luz se escurría por la cortina creando figuras fluctuantes. Yo veía  la cabeza de un tigre y papá, las alas de un pájaro.

Maru Genoud

Aprovecho y les cuento un poco sobre mí: me llamo Marisol Genoud, me dicen Maru y participé de varios talleres literarios como el de Samanta Schweblin, Pedro Mairal, Ana Quiroga y Guillermo Martínez con quien sigo actualmente. 
Mi cuento un Avión imposible de olvidar obtuvo mención en el certamen nacional Leopoldo Lugones 2019. Algunos de mis cuentos fueron publicados en revistas hispanas de literatura. Hace ya varios años que coordino talleres de escritura creativa.

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Autor: Maru Genoud