#DeColección La infancia de Iván



Andrei Tarkovski, el Dios de la poesía

Hace muchos años me encontré con La infancia de Iván (1962) pero no había logrado descubrir nada, sólo vi hermosas imágenes que me resultaron misteriosas, tenían una textura de lo añejo, fueron la inspiración, para producir una sucesión de imágenes en video.

Mis imágenes las había tomado de una vieja casona en la ciudad de Mar de Plata, era la casa de la escritora Victoria Ocampo. No era muy afecta a su literatura, pero quedé impactada con una carta de amor, escrita en un diario personal, y un relato de niña la noche en que murió la mujer que siempre la había cuidado y a la que amaba como si fuese su madre. Y también me gustaban los perros de la calle, siempre me atormentaba la idea de que un perro abandonado me daba más tristeza que alguien tirado por allí. Sí, me generaba culpa, me veía como una persona que no podía sentir eso, pero lo sentía. Hasta que entendí que lo perros de la calle me llevaban de las orejas hacia la infancia de mi padre, que fue un niño de la calle, casi, porque en la década del cuarenta él era de un pueblo, es decir, de todos. Y tenía un perro, pequeño, que lo acompañó muchos años. Y así andaba yo fotografiando perros de por ahí porque amaba a mi padre y me hermanaba en esa soledad para acompañar esa niñez. Hacía un puente entre los perros de la calle y mi padre.

En La infancia de Iván, Iván, es un niño, como dice Tarkovski, donde “todo lo que forma parte de la niñez está perdida irremisiblemente”, por la guerra, añado. Y me pregunto qué de poesía vi en su película que olvidé la guerra y soñé las imágenes de mi video como un lugar para ahondar lo poético. Estaba viendo la guerra, ¿entienden?, pero la poesía sucedió de alguna extraña manera. Como también resulta extraño, como algo sublime y complejo, a la vez, seguir a Iván en su tarea como niño de guerra, que lleva y trae mensajes, un niño espía. Toda su potencia de infancia al servicio de la guerra. Es que ya no tiene nada, o casi, porque todavía su madre lo abraza en sueños, y aquí Tarkovski nace como escultor de esos indescriptibles arrojos de poesía. En esos sueños cabe el mundo entero.

Sigue la extrañeza, vale pensar, después de haber usado tanto la palabra “extraño” hacia dónde nos lleva. ¿ Qué es lo extraño? Es lo extra, lo fuera de. Y sí, hay un afuera que trae lo poético, y aquí me uno a lo que él piensa de la poesía, no del género, sino un modo de vincularse con la realidad. Una visión. Quizá por eso la poesía es eterna, extraña, inagotable. ¿Dónde hunde sus raíces la poesía? Imposible esta respuesta porque es extraña en su misma naturaleza, está por doquier, inaprensible, como el mundo, pero concreta a la vez. ¿Dónde? En el cine de Tarkovski, es decir, en el mundo. Y aunque sea horroroso imaginar que Iván ha encontrado su hogar en la guerra, lo es hasta presentir que es en lo humano, en lo paterno de ese  General que no le suelta la mano y que lo abraza: que lo ve. Y en ese abrazo algo del abrazo de mi abuelo vuelve, en gramos, distante, en una ínfima porción del alma que intuye que alguna vez sentí algo parecido, porque, de algún modo, todos somos niños de guerra, todos somos huérfanos.

Llega el asombro al alma, no a la razón, hermosa distinción que comenta cuando reflexiona sobre el conocimiento del arte y el de la ciencia. Se trata de sensaciones, dice, de una experiencia creadora, no de hechos y de mímesis. ¿Es que no alcanza con el propio eco? Esto dice, ¿escuchan?. El propio eco: ¿entre tanto ruido?, agrego.  Es que a Tarkovski le interesaban las pasiones que anidan en el alma más que las bellas imágenes, y es por eso que sus imágenes resultan desbordadamente bellas, no me alcanza el alma ni el ojo, todo es arrojado más allá. ¿Quién puede recoger tanto? Se trata, como dice, de los caracteres, y eso es la poesía, las pasiones humanas entreveradas con el mundo.

El cine de Tarkovski es inexplicable porque la poesía lo es, aunque en Esculpir en el tiempo, obra de su autoría donde habla de su experiencia como cineasta, del arte, de sus películas, hace brotar con su lenguaje la lengua de lo poético. Me di cuenta, recordé, traje a mi corazón esas primitivas imágenes de La infancia de Iván, vistas por primera vez hace más de quince años. Había una atmósfera de la poesía que anidaba en mí y desde allí hice puente con su obra, con Iván, con un perro que no existe en su película pero que mis imágenes, mi creatividad, las imágenes de mi vida lo colocaron en su película. ¿Por qué puse un perro en La infancia de Iván si nunca hubo un perro dado por Tarkovski?.  Porque su eco hizo eco en mí, y por motivos extraños la poesía evoca al alma. Siempre creí, hasta que volví a enamorarme de su obra, que a Iván lo acompañaba un perro. Nada de eso, ningún perro, pero la poesía es así de extraña cuando el artista invoca al arte. Y yo, evoqué al perro de mi padre y logré que acompañara la soledad de Iván en esos campos de batalla.

Tarkovski es extraño. Su cine es extraño, se mira y se recoge con intensidad, y como espectadora hago ese trabajo, no hay descanso visual porque hasta la caída de la lluvia sucede con una nitidez que ni el más interesado realismo cinematográfico puede lograr. ¿Por qué? Porque la lluvia es única en él y única en mí. Vemos en su cine lo que está en nuestra alma, de lo contrario no vemos nada.  Sí, no se puede andar por la vida sin el alma, hay que trabajar, siempre.  El espectador recuerda y en ese recuerdo se vuelve creador, pero es mucho más que un recuerdo. Es una especie de memoria que está más allá del tiempo pasado, hay un fuera de tiempo, hay un tiempo de poesía. 

Autor: Gabriela Oyola