#Pino hasta la próxima estación



Se nos fue Pino. Eso se replica hoy y los homenajes no paran de hacerse notar. Y siento, como muchos, que la vida hace regalos de los que nos tenemos que preocupar de abrir. Porque esa gratuidad es tanto más potente cuando participamos del regalo.

El arte es espontáneo, sorpresivo, surge en bellas existencias, se hace presente en artistas concretos que pululan por aquí y por allá porque son el resultado de todos. El arte es cultura, es política, es historia, es economía. El arte es muchas cosas a la vez pero se asienta con vigor en bellas existencias. No hay, según mi entender, una fractura entre el arte y el resto de las cosas. Que no la haya no quiere decir que no se intenten generar, porque también de eso estamos hechos, de la lucha por saber cuánto mejores podemos ser, cuán sensibles, cuán mezquinos, cuánto corazón nos animamos a dar.

Y Pino Solanas, que es un hombre imborrable de nuestra cultura, que es un poeta de las calles destruidas, que fue un hermano de sus hermanos en los días difíciles de nuestra historia argentina, que fue un creador de un cine que nos sigue mirando, que nos hace profundamente latinoamericanos, que nos desconcierta y nos enoja porque nos vemos espejados en cosas no tan agradables, pero que también somos, nos puso frente a los hechos concretos de nuestra historia.

No somos los mejores ni los peores, somos argentinos y eso es para siempre aunque a veces nos quieran contar otra cosa. Pino Solanas se enojaba en serio, se ponía colorado del enojo porque la realidad al cuerpo le sienta así. Y de cada creativo enojo surgía, también, una película. Recuerdo con emoción su film sobre el último tren argentino La próxima estación (2008).  Muchos vecinos, en medio de las vías, pintando la estación de tren, con sus propios recursos, para que no terminara de morir. Y sus documentales eran tan vivos, tan sonoros, tan conversados, a veces tan silenciosos, que vi a ese tren como si fuese un obrero. Las cosas que se perdían no eran simples cosas. En cada tren que se abandona se abandona a su gente. Y a esto lo vio tan claro que supo hacerse de amigos y de espectadores. Porque ver no es dado, ve quien lucha, quien pierde, quien se siente escuchado. Y en su cine estamos todos. Por qué. Porque todos somos argentinos. Somos argentinos de Pino Solanas, de Leonardo Favio, y de tantos artistas que hacen de la política el arte de los pueblos.

Mi abuelo fue obrero ferroviario y dio de comer a sus cuatro hijos, no conoció a Pino, y siento ese deber y ese orgullo de presentárselo. Cuando digo esto en voz alta sé que lo escucha porque era de un pueblo y creo que la vida vuelve al polvo y de allí viaja sin detenerse. Pino salía a buscar la historia argentina en el suelo argentino, y en su gente. Pino nunca se olvidó de esto. Se dice que el cine es documento de la historia, su cine era netamente documental, pero su vida era la de un poeta.

Los poetas no escriben poesía sino que primero la descubren y luego la escriben. Pino Solanas era un auténtico descubridor de imágenes vivas y por eso se ponía colorado de enojo. Pino era de esos artistas que tienen la enorme capacidad de vivir mucho tiempo para pasar a ser un bello pedazo de nuestra historia.

Autor: Gabriela Oyola