#LenguajeInclusivo ¿Tod@s, todxs o todes?



Hace poco tiempo hubo una noticia que causó sorpresa y polémica en el mundo del lenguaje y la comunicación: La Real Academia Española (RAE) estaba analizando incluir el llamado lenguaje inclusivo y el pronombre “elle” para quienes no se sienten identificados ni por el femenino “ella” ni por el masculino “él”.

Finalmente la RAE consideró retirar el pronombre “elle” de su Observatorio de palabras debido a la “confusión” que afirma que genera. Se argumentó además que “su uso no está generalizado ni asentado” y esa es una de las condiciones para que un vocablo pase a formar parte del diccionario de la lengua española. De este modo, también se dejó la puerta abierta para que en otro momento se pueda volver a considerar esta decisión.

En nuestro país, la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA fue una de las primeras en reconocer el uso del lenguaje inclusivo tanto en el ámbito académico de carreras de grado como en posgrado. Y a principios de este año ya eran 8 las universidades que lo habían habilitado. Por otro lado, nada menos que el Banco Central de la República Argentina aprobó su uso en cualquiera de sus modalidades como recurso válido en las comunicaciones, expedientes, formularios, documentación y producciones del organismo.

Más aún, el propio presidente Alberto Fernández empleó muchas veces el “todes” en actos oficiales. Y para la pesadilla de los que no acuerdan con estas formas, en el acto del Día de la Bandera, hasta el propio Manuel Belgrano expresó: “Esta bandera es de todas, todos y todes”, lo cual generó estupor e indignación en algunos usuarios de las redes. Obviamente se trataba de una recreación del prócer protagonizada por un actor, pero simbólicamente representó una transgresión.

Es innegable que en los últimos años ha habido un cambio de conciencia en relación a las cuestiones de género. A fuerza de militancias, movilizaciones e injusticias de la vida cotidiana, la agenda política, mediática y social ha tenido que ir incorporando y visibilizando determinadas problemáticas. Definitivamente no somos los mismos y logramos colectivamente refinar la mirada sobre ciertas realidades.

Como parte de esta nueva sensibilidad social que se extiende más allá de nuestras fronteras nacionales, muchos aspectos que considerábamos inmodificables y determinantes en las personas fueron perdiendo su rigidez y se volvieron más flexibles, por ejemplo la identidad sexual. Así podemos plantearnos nuevas preguntas: ¿Es ella algo natural o social? ¿Está asignada exclusivamente por la genitalidad? ¿Solo existen dos opciones válidas: masculino y femenino? ¿Quién tiene la capacidad de decretar lo que es universalmente válido en este aspecto?

A partir de estas reflexiones, que primeramente surgieron en movimientos feministas, de la diversidad sexual y en grupos académicos pero que luego se fueron ampliando a distintos sectores, se comenzó a considerar la voz de aquellos a quienes el rótulo de “varón” o “mujer” no los representaba. Es decir que por primera vez se comenzó a poner en entre líneas el binarismo sexual, esas dos opciones como las únicas legítimas para designar la identidad sexual de las personas.

El lenguaje en cuestión

A la luz de las nuevas miradas el propio lenguaje con el que nos comunicamos empezó a rechinar en varias puntos. Uno de los primeros problemas detectados fue el sesgo machista que lleva impreso. Por ejemplo, para referirnos a los seres humanos como especie solemos decir “El hombre”, invisibilizando a las mujeres. O bien, que cuando usamos un genérico, que nombra tanto a hombres como a mujeres, decimos “todos”. Por lo tanto siempre aparece el masculino englobando a ambos géneros. Sin embargo estas son las expresiones que corresponden normativamente, aplican a un uso correcto de la gramática.

Pero es justamente ese uso el que generó ruidos en los oídos más contemporáneos y en un contexto de nuevas reivindicaciones e intervenciones sociales que habían ganado los espacios urbanos, institucionales, académicos y cotidianos. Así, el espíritu y la voluntad que supo empujar nuevas conquistas se trasladó al lenguaje para también intervenirlo y “hacer algo” más con las palabras que simplemente decir. Se trató más bien de hacer de su uso una protesta, la manifestación de una disidencia. 

En esta sintonía, los primeros acercamientos hacia lo que conocemos como lenguaje inclusivo buscaron plantear alternativas “clandestinas” al genérico masculino totalizador. Tomando prestado un símbolo del mundo digital, apareció entonces el arroba: tod@s. Su uso se prolongó durante muchos años, principalmente durante la primera década del nuevo milenio. Podríamos decir que el arroba repentinamente comenzó a marcar una diferencia, casi un malestar latente en la superficie del discurso pero que aún no se animaba a declararse del todo.

Luego surgió el “todxs”. Con una intencionalidad más radical, su acción buscó marcar un hiato, un corte a la formación de esa palabra que encarna al genérico masculino. Como si tratase del corte de una calle, vino a interrumpir la circulación del sentido mediante la enigmática letra “x”, o bien el asterisco (*), en una de sus variantes. De alguna manera fue también un corte a la normalidad lingüística y a su mecánica naturalización.

Finalmente hizo su aparición el “todes” como propuesta superadora del genérico masculino. Su diferencial consiste ya no en ser una acción meramente negativa, de  corte o interrupción, sino que tiene la vocación de incorporar bajo su designación a hombres, mujeres y también a quienes no se sientan interpelados por ninguno de esos géneros, redimiéndose del binarismo y a la vez afirmando una nueva forma expresiva que también puede invocarse en la oralidad (ya que el tod@s y el todxs podían ser escritos pero no hablados).

Viene a decirnos además que ese genérico que pretende aludir a todas las personas según su género se encuentra en permanente construcción, bajo la comprensión de que los aspectos humanos son históricos, dinámicos y cambiantes y que por ello continuamente surgen nuevas identidades que escapan a las formas preexistentes y deberían tener reconocimiento. Propone en definitiva, y aún en disidencia gramatical, conceder la autoridad a las personas por sobre las formas.

¿La lengua o el lenguaje?

Si consideramos solamente la lengua nos referimos al sistema de signos orales o escritos que utilizamos para comunicarnos. Ahora bien, el lenguaje es mucho más que eso, se trata de la capacidad de todos los seres humanos de comunicarnos mediante signos para expresar nuestros pensamientos, sentimientos, etc. Ambos, lengua y lenguaje están en constante evolución, ya que si todos nos hubiésemos ajustado siempre a la norma, habrían permanecido inmutables hasta la actualidad.

Es más, de alguna manera la cualidad extraordinaria que los distingue es la posibilidad de recoger e incorporar los usos de los hablantes para satisfacer necesidades comunicativas y ¿por qué no? sociales y culturales. Aunque esto requiera dejar de pensar a la lengua como un simple repertorio cerrado de palabras y rechazar la idea de que la función del lenguaje es solamente la de representar “la realidad”. Si el lenguaje es una herramienta a disposición de la comunicación entre seres humanos, que es dinámica, el lenguaje también ha de crear realidad, recordándonos su carácter performativo.  

El debate queda abierto, el futuro nos dirá si estos cambios logran institucionalizarse y volverse normativos, o si por el contrario, con el paso del tiempo quedarán solo como el síntoma de una época en la que quisimos poner el lenguaje al servicio de las personas y no al revés.

Autor: Luis Espeche