#Cine Leonardo Favio, el hombre que profesaba el arte



Doy vueltas por aquí para traerles al mejor director de cine argentino de todos los tiempos. No lo digo solamente yo. Sus amigos, la crítica, actores con los que ha trabajado, sus espectadores y muchos personajes de sus obras. Sí, Leonardo Favio dio vida a sus creaturas como nadie. Ha soñado despierto y sus sueños siempre fueron a parar a la pantalla, a ese otro sueño: el cine.

El cine de Favio no tiene pretensiones, ninguna, es un despliegue de acontecimientos auténticos, necesarios, preciosos, pero no pretende nada más que contar. Claro que sus cuentos derraman arte por todos lados. Cuando volví a ver su película más querida, no la mejor, según sus palabras, sino la más amada, Soñar, Soñar! entendí por qué lo decía. Cómo no amar a esos artistas buenamente fracasados pero increíblemente deseosos de jugar con eso poco serio del arte. Y recuerdo las palabras de Gadamer: el arte como juego, como necesidad humana que no va hacia ningún lado. Precisamente este hermoso carácter del arte es lo que hace que su cine se perciba auténtico, sea genuino, nos ayude a agrandar el territorio de lo verdadero.

Favio ofrece una lengua poética a cada uno de sus personajes, no los empareja para dar sentido a sus historias, su cine respeta la libertad, y si su personaje es un desgraciado, si no tiene fuerza para iluminarse o dejarse iluminar, ese personaje perecerá.

Cuando el mundo clama por justicia, igualdad, por la recuperación de lo más humano de nuestra humanidad, se me presenta este comprometido empleado de la municipalidad, de un pueblo del interior, que quiere ser Charles Bronson. Este ser que sueña con ser artista, pero nada más, ni nada menos. Favio sitúa sus imágenes con un sentido amoroso, compasivo. Pero no me refiero a la imagen que arroja la pantalla, que siempre será imagen lisa cuando no esté llena de mundo, me refiero a sus imágenes originadas en su imaginación. ¿Que soy redundante? No, porque la imagen humana, esa imagen-creación, es orgánica, auténtica y lo auténtico es para siempre, su lenguaje es lenguaje que abre mundo para otros.  Favio ofrece una lengua poética a cada uno de sus personajes, no los empareja para dar sentido a sus historias, su cine respeta la libertad, y si su personaje es un desgraciado, si no tiene fuerza para iluminarse o dejarse iluminar, ese personaje perecerá. Y nosotros veremos el apagarse de esa luz de un modo comprensivo, sin juicio. Nada está falseado en su mirada, mucho menos en su cámara.

No pienso contarte el argumento, pero pretendo resaltar el brillo natural de su cine. ¡Cuántos personajes desbordados de mundo! Gatica, el mono. Polín en Crónica de un niño solo, Fernández en El dependiente! Siempre disfrutaba el modo en cómo su cámara rodeaba a los personajes, un hermoso travelling, una mirada íntima envolviendo sus creaturas. Tiempo después sentí que la cámara también se comporta como una pincelada, que puede delinearlos, dar carácter, definir con un encuadre, con miles, pero con él descubrí que su cámara siempre abraza. Esa empatía con el otro hace que su cine sea verdadero. Su cine está vaciado de metáforas intencionales, es un creador que arroja con sensatez. ¿Alguna vez escuchaste alguna letra de sus canciones? Creo que la sencillez de sus letras hacen espejo con sus imágenes. Favio tenía la lente en sus ojos, no una lupa que dimensiona, sino un cristal que arroja luz y que deja que la luz entre. Contaba, en sus entrevistas, que la primera vez que dirigió sintió mucho miedo, vergüenza, tenía pánico, entiendo que tenía esa sensatez de los grandes maestros.

Un niño de la calle, un boxeador marginado, unos artistas bohemios, un joven que ha sacrificado su vida en una ferretería, el amor y el dolor. Y la política, o más bien su peronismo. Pero nada de cine político, su mirada profunda de la política se resume en su insistencia por la dignidad humana que sólo la da el trabajo y el amor. ¿Quién podría estar en desacuerdo? Te dejo soñando con Soñar, soñar, que al fin de cuentas el arte sólo es para eso, pero que sin eso es imposible vivir.

Autor: Gabriela Oyola