#CineEnCasa un paseo por la Ciudad de ayer



Cuántos documentos vivientes nos ofrece el arte. Siempre, detrás de escena, como un fondo, hay imágenes que se cuelan, se escapan, hacen su camino, y aunque el artista sea ciego de estos pequeños gestos, se vuelven históricos. Y está muy bien que esa ceguera del artista sea un punto de partida para pensarnos.

Hace muy poco, dictando unas clases de cine, volví a sorprenderme frente a dos hermosas películas argentinas: Mercado de Abasto de Lucas Demare, 1955 y Muchachos de la ciudad de Agustín Ferreyra, 1937. ¿Qué tienen en común estos films? Afortunadamente, a nuestra querida ciudad de Buenos Aires.

Dos trabajos visuales que ofrecen miradas que funcionan a contrapunto, aunque se trate de la misma ciudad. Dos universos estéticos que abren la puerta al pasado. Mercado de Abasto inicia con varios planos del frente del mercado de Abasto, autos estacionados, cajones de verduras a la espera de sus feriantes, un interior con puestos que hoy lucen como tiendas del Shopping. Por su parte, Muchachos de la ciudad, y aunque haya sido filmada con anterioridad, nos ofrece la vista de una ciudad moderna, edificios rectos, un fondo con el Obelisco, autos saturando el tránsito, la hermosa Avenida Corrientes, y para finalizar, el primer plano da inicio a la historia: una librería con mesa de saldos. ¡Un canto a la Buenos Aires moderna!.

Qué ha pasado con estas dos secuencias que dan inicio a cada una de las películas. Lo que ha sucedido es el tiempo. No importa si en cada film la representación está alterada en relación a la época en que refiere la historia, lo que nos importa, siempre, es la IMAGEN. Porque el cine está hecho de imagen. No me canso de pensar que lo que maravilló a los primeros espectadores de cine fue, justamente, la imagen. Luego vino todo lo demás: los argumentos, los géneros, sus grandes estrellas, las grandes producciones. Pero hoy, más que nunca, me pronuncio a favor del cine que eligió y sigue eligiendo la imagen, como enuncia Godard en relación al cine: “No es una imagen justa sino justo una imagen”. Pero no aquella que impacta sino la que atraviesa la mirada y llega al corazón. Te invito a que te maravilles con El espíritu de la colmena de Víctor Erice o En la ciudad de Sylvia de Guerín. Con estas pinturas en movimiento, perdón, quise decir cine, vas entender de qué te hablo.

Esto no es nostalgia sino mi declaración del cómo descubrí el ser del cine: la pintura me tendió un puente para llegar a él. ¿Qué une al cine con la pintura? Nada más ni nada menos que el plano, es decir, el espacio. Entonces, cuando volvemos a lo que fundamenta el cine, la imagen y nada más que la imagen, la ciudad habla por sí misma y se vuelve atractiva, despliega el mundo de las relaciones sociales, se vuelve testimonio de época, nos evoca el modo en que era concebido el mundo más allá de sus argumentos ¡De Mercado a shopping!

Te propongo que mires del film: las calles, la vestimenta, la disposición de los puestos, las relaciones que se tejen en el interior de ese mercado, el lugar de la mujer, las instituciones que aparecen, las fiestas de la comunidad, a qué género pensás que corresponde. Qué hace la cámara con todos esos universos, qué encuadres elige para resaltar qué cosas. En este juego de ojo/cámara el espectador tiene el privilegio de recibir lo más cinematográfico del cine: la imagen, no el plano, sino la imagen. El plano contiene pero la imagen habla. Los argumentos a la literatura, la imagen al cine. Y la ciudad sigue con sus calles, el obelisco también, pero en Muchachos de la ciudad el Obelisco es parte de una postal con la que se despliega una estampa de una ciudad en movimiento, que crece. La única imagen discordante de los primeros planos de la película es la presencia de un Mateo, solitario, confundido, en medio de tanto auto. Y subrayando ese canto al progreso, una canción de jóvenes resalta las valías de ese esplendor. Sin embargo, a mitad del film, una patio de conventillo con un niño que canta la nostalgia del pasado. ¡Casi una pintura costumbrista! Y así podemos lanzarnos al juego itinerante de un ojo que puede ir y venir de un film a otro para descubrir en qué ciudad vivimos hoy.

Afortunadamente el Abasto sigue allí, resguardando sus arrugas, sus cambios, su porvenir. Porque el cine es para ver, esta vez, te invito a descubrir tus imágenes. Ya te di algunos tips. Hasta la próxima película.

La yapa: el sonido se incorporó al cine en la década del 30, de ahí en más, y por varios años el tango, la canción porteña, no dejó de acompañar la trama de las películas. Adiviná cómo se llama la primer película con sonido directo que se estrenó en nuestro país? Sí, ¡Tango!. 

Autor: Gabriela Oyola