Retratos de un #NuevoSerHumano



Lo digital no solamente está entre nosotros sino en nosotros. Nuestra forma de hablar, escribir, pensar, comunicarnos y relacionarnos con los demás ha cambiado y está cambiando rápidamente en un mundo donde las nuevas tecnologías crecen exponencialmente. Sin embargo, ¿Somos nosotros quienes tenemos el control de lo digital?, o por el contrario, ¿Es lo digital una especie de Matrix que está marcando nuestro destino?

Tal como lo imaginara el cine y la ficción hace 20 años, nuestra realidad pareciera tener características de aquella gran película norteamericana. Aunque tal vez ni nos demos cuenta…Veamos algunos ejemplos de esta co-existencia entre lo humano y lo digital que no son más que imágenes de nuestra vida cotidiana, tal vez potenciadas por esta etapa de aislamiento que vivimos.

Nuevas necesidades

Vivimos rodeados de celulares, notebooks, tablets, cámaras, reproductores de música y una infinidad de dispositivos que usan tecnología digital. Estos generan nuevas actividades y también nos imponen la necesidad de atender a sus demandas antes que las nuestras si es que queremos que continúen funcionando correctamente, aunque tal vez para ello debamos suspender lo que estemos haciendo y dedicarles un tiempo de nuestra rutina. Por ejemplo, la carga, una palabra hegemónica por estos tiempos. Cargar el celular pero también cargar el saldo y aún cuentas virtuales de pago. De más está decir que quedarse sin alguna de estas cargas en una situación importante de nuestra jornada puede llegar a ser traumático.

A esto se suma el colapso de las memorias de almacenamiento. Si antes acumulábamos objetos hoy acumulamos archivos de forma permanente. Hasta que repentinamente el sistema nos alerta: “memoria llena”. Entonces tenemos que hacernos un tiempo para eliminar archivos innecesarios o hacer “back up” en algún otro dispositivo para volver a recibir información multimedia tal como lo hacíamos antes. Esto hace que antes de satisfacer nuestras necesidades utilizándolos como herramientas, primero debamos atender las necesidades de nuestros dispositivos. No se trata de un acuerdo, sino de una situación de hecho.

El cuerpo y la materialidad

Fenómenos como el teletrabajo, las cursadas virtuales, la compra y venta a través de sitios de comercio electrónico, las gift cards, los bancos virtuales, las criptomonedas, las clases de yoga y ejercicios on- line y aún el sexo virtual nos hablan de que ya no es necesaria la presencia física y la materialidad de los objetos para obtener los resultados que se esperan en aspectos muy variados de la vida de las personas.

Aquí la paradoja que nos plantea la tecnología es, por un lado, la potenciación de las capacidades humanas de operar en el mundo, muchas veces venciendo los límites temporales y espaciales (por ejemplo, al poder hablar en tiempo real con algún amigo que se encuentra en otro país). Y por otro lado, el atenuamiento de las cualidades netamente humanas quedando tan solo un propósito a satisfacerse mediante un dispositivo, sin moverse de casa, estar en contacto físico con los demás o manipular una variedad de objetos.

Lo digital ha moldeado nuestros hábitos de tal forma que ya no tiene sentido distinguir entre este mundo y el “mundo real”.

La comunicación

El entorno digital nos ofrece múltiples formas de comunicarnos con los demás y de estar conectados. Aunque para contar con estos beneficios debemos tener un buen hardware y software a nuestra disposición, lo cual no siempre resulta viable para la economía de las mayorías. En esta etapa de aislamiento las tecnologías nos facilitan estar en contacto con nuestros seres queridos, pero de no existir restricciones, deberían funcionar como un complemento y no como un sustituto de la posibilidad de encontrarnos, ya que en ninguna instancia de comunicación mediada es imposible reponer el contacto sensible que se produce en la comunicación directa.

Por otro lado, las nuevas formas de sociabilización con eje en lo digital exigen tener ciertas competencias en uso de internet y redes sociales. Además de saber manejar los dispositivos es necesario conocer, por ejemplo, cómo realizar búsquedas en la web, qué contenidos publicar en las redes y de qué forma. Es decir que para pertenecer a determinadas comunidades es necesario incorporar habilidades cada vez más específicas y cambiantes. Ya no hay una única forma de sociabilización, estática y sustentada en determinadas instituciones. 

La web también nos impone la tarea de tener actualizadas nuestras cuentas y portales incentivándonos a hablar de nuestros gustos, actividades e incluso sobre nuestros estados de ánimo. Con ello surge el deseo de hacer pública nuestra subjetividad pero con un motivo inédito: el anhelo de obtener muchos “likes”, reproducciones o reacciones. 

Lenguaje y pensamiento

El lenguaje digital ha colonizado al lenguaje en general. Cada vez más organizamos nuestros significados en términos de hashtags (etiquetas) y los expresamos en textos breves y desacartonados que interactúan con contenidos multimedia, muchas veces producidos por nosotros mismos. Aún las grandes empresas y organismos del Estado se dirigen a la población con un tono cercano y juvenil. El formalismo y la solemnidad del lenguaje antes entendido como “bien hablado” van quedando atrás para dar lugar a una forma más directa y accesible a diversas personas. Así, “la Matrix” nos enseña también a hablar su propio idioma.

Más aún, muchos sitios web desarrollan la “experiencia de usuario” de forma que quienes accedan a esas páginas puedan tener una experiencia grata de navegación donde las estructuras y diseños no solo les permitan encontrar lo que buscan, sino también hacer lo que se espera que hagan. Por ejemplo, comprar un producto determinado. De esta forma, estas estrategias digitales orientan las posibilidades de cognición de las personas según sus propios fines y resultados buscados, en este caso comerciales. 

Hoy existimos como una representación decodificable en términos binarios, digitales.

Tal vez por primera vez estamos aprendiendo de un maestro no humano las nuevas formas de interactuar y operar en nuestro propio mundo. Ese mundo que parece escaparse de nuestras manos pero al cual deseamos seguir perteneciendo, aunque para ello debamos dejar en el camino parte de nuestra forma de ser.

Autor: Luis Espeche