La odisea de ser #DocenteVirtual



Durante muchos años el trabajo del docente estuvo enlazado a la presencialidad. Se trataba de un cuerpo, una mirada, una voz y unos gestos recorriendo el aula para acercarnos los conocimientos de su especialidad. Siempre supimos que cada profe es especial, y le imprime a los contenidos un sello y estilo único. Así el contacto humano directo fue desde hace siglos el componente esencial y diferencial de la docencia.

Hoy la pandemia que estamos viviendo hizo que miles de docentes de todo el país deban adaptarse a las clases on line para continuar trabajando y aportándo sus saberes a la comunidad.

Sin embargo, es imposible transpolar la instancia áulica al espacio virtual. Esto trajo a la luz una serie de dificultades, incertidumbres y nuevos desafíos para los docentes, quienes deben enfrentar una realidad inédita en su profesión que en muchos casos les provoca una sobrecarga de tareas y stress. Por eso, recientemente, el gobierno nacional y los gremios firmaron un acuerdo para regular el teletrabajo de los docentes fijando un máximo de horas de actividades e incorporando el “derecho a la desconexión” y al descanso.  

¿Cuáles son las mayores dificultades que se les presentan a los docentes en este nuevo contexto?

– En primer lugar la propia situación de virtualidad. En el aula la interacción entre el docente y el alumno se enriquece del contacto directo y espontáneo. Así, mientras enseña el profesor puede ir apreciando los rostros de sus alumnos y su experiencia le permite intuir cuándo un tema no quedó del todo claro o cuándo alguien desea participar aunque no lo exprese abiertamente. También puede percibir los niveles de atención o dispersión y en base a esa actitud puede reencaminar el foco de su clase o buscar recursos para despertar mayor interés entre los estudiantes.

En cambio cuando las clases se realizan a través de alguna plataforma de conferencias, la relación docente – alumno está mediatizada, lo cual no favorece la interacción y participación. Muchas veces por timidez los alumnos ni siquiera encienden sus cámaras y micrófonos con lo cual el docente tiene la fría sensación de estar recitando los contenidos frente a una pared. A menor participación, mayor es el esfuerzo necesario para “cubrir” esos incómodos espacios de silencio. Así, la comunicación deja de tener esa materialidad propia de un contacto más humano que surge en el aula y que sirven de guía a quien está a cargo de la clase.

– En segundo lugar la adaptación de los contenidos. No todas las materias pueden brindarse a través de clases virtuales. No es lo mismo, enseñar historia que enseñar matemáticas. Hay asignaturas que por su orientación hacia la práctica requieren de un ida y vuelta permanente entre docente y alumno y la posibilidad de ir resolviendo ejercicios conjuntamente. Pero además de eso los docentes enfrentan una dificultad pedagógica: cómo adaptar los programas de sus materias y alcanzar los objetivos buscados en la cursada sin perder calidad y excelencia académica.

En muchos casos, para resolver esta cuestión, han tenido que elaborar materiales adicionales de soporte que puedan salvar las falencias de la modalidad virtual y así lograr la apropiación de los contenidos. Documentos de lectura, guías para resolver ejercicios, materiales para la autocorrección (ya que en muchas universidades está prohibido realizar exámenes virtuales) clases teóricas desgrabadas, presentaciones en formato podcast, videos subidos a redes sociales o powerpoints conceptuales con algunas de las herramientas que muchos profesores han tenido que elaborar y subir a sitios webs y campus virtuales en tiempo récord en esta etapa de aislamiento. Todo ello necesariamente insume muchas horas extra de dedicación.

– El uso de la tecnología. No todos los docentes están familiarizados con las tecnologías digitales, ya sea dispositivos o programas, aplicaciones, sitios web, redes, etc. Por otra parte, no todos cuentan con el acceso y la conectividad necesaria desde sus hogares. Y esto obviamente no significa que sean malos docentes, por el contrario, su calidad académica puede ser excelente pero el cambio radical que se ha producido en el mundo durante los últimos meses los dejó con menores condiciones tecnológicas, materiales y cognitivas para continuar con sus actividades en el nuevo contexto.

A esto le podemos sumar el riesgo de pérdida de conexión en plena clase, o no poder reproducir los materiales previstos (por ejemplo videos y presentaciones), por problemas técnicos, como dificultades para “compartir pantalla”; no poder habilitar el micrófono de algún alumno-participante de la clase o la finalización del tiempo de la sesión virtual gratuita. Una alternativa para poder saldar estas cuestiones operativas y optimizar el uso de las plataformas de conferencias virtuales puede ser pasarse a un plan pago, pero esto representa una nueva carga para el docente, quien en ese caso debe destinar parte de sus ingresos para tener condiciones laborales mínimamente aceptables.  

– La instancia de evaluación. No todas las casas de estudios aprueban la evaluación virtual en sus reglamentos. A la vez, la rigurosidad y exigencia de los exámenes es el valuarte de muchas universidades e institutos de enseñanza. Este es tal vez el aspecto menos resuelto que plantea la enseñanza virtual, ya que no la no presencialidad de los alumnos no permite tener el mismo control de las instancias de evaluación. Por ejemplo, si se tratara de resolver un trabajo práctico o una serie de preguntas, no hay forma de controlar plenamente que los estudiantes en sus casas no recurran a materiales de lectura que tienen a su alcance o se intercambien respuestas mediante celulares, tablets u otros dispositivos.

Por eso, este tal vez sea el punto más crítico de afectación de la modalidad virtual a la actividad docente y exige repensar no solo los contenidos sino también la logística y seguimiento de las cursadas on line para garantizar un piso mínimo de calidad y excelencia académica. Necesariamente en el transcurso de este año se irán planteando respuestas a esta cuestión, ya que no se prevé el comienzo de clases presenciales para el segundo cuatrimestre.  

¿Son las aulas virtuales la escuela del futuro?

Probablemente aún no podamos responder de forma definitiva a esta pregunta. Lo que sí podemos ver es que desde hace algunos años las tecnologías de la información y la comunicación nos traen un nuevo lenguaje que ya forma parte de un clima de época y sensibilidad cultural donde los jóvenes toman la delantera. La escuela no debería permanecer indiferente a ello si es que quiere seguir captando el mismo nivel de interés de los alumnos. En ese sentido podemos pensar que hay habilidades puestas en juego por el docente virtual y contemporáneo que llegaron para quedarse.

La adaptación e implementación de los programas de estudio tradicionales a entornos virtuales requiere de habilidades de conceptualización y síntesis evitando a la vez, caer en esquematismos y reduccionismos. Esto facilita la gestión de los contenidos en diversos formatos o dispositivos, una exigencia que impone el mundo mediatizado actual.

Al mismo tiempo es necesaria cierta emocionalidad dirigida. Es decir, encontrar en los contenidos sus aspectos atractivos y cercanos al perfil del estudiante de hoy para potenciarlos. “Atractivo es didáctico” podría ser una de las frases que sinteticen este concepto.

El dinamismo también tiene un rol protagónico. El modelo expositivo tradicional de la docencia puede adquirir esta virtud sin por ello perder su calidad académica. Se trata de presentar contenidos vividos que no repitan letra por letra los programas o los textos escritos, sino que aporten un plus en cada clase, sea presencial o virtual, y que interpele a los estudiantes en un ritmo que no tendría que resultarles difícil de sobrellevar.

Estas son algunas de las habilidades signadas por el contexto actual y que marcan un nuevo perfil docente. La crisis desencadenada por la pandemia nos muestra que las actividades profesionales pueden cambiar repentinamente y las tecnologías parecieran volverse protagonistas. El rol del docente no pareciera ser una excepción. Sin embargo, aún son las personas las que tienen las riendas y tal vez de lo que se trate es de repensar ese componente humano que es esencial en la docencia, para encontrarlo también en este nuevo escenario, como eje de las nuevas formas de enseñanza.

Autor: Luis Espeche