#MildredBurton El arte de la adivinación



Tengo una relación amorosa con los artistas. Busco quererlos en sus agujeros menos visitados, en sus pequeñas fisuras, las menos evidentes, las más íntimas.

Recuerdo haber sido atrapada por Roland Barthes cuando leí su obra La cámara lúcida. Buscando alocadamente, enceguecido, pasional, “lo que punza en el corazón”- que denomina como la esencia de la fotografía- trajo a escena una fotografía de su madre pequeña, con 5 años. Esa imagen me retrotrajo a la mía con la misma edad, viviendo en el barrio de La Boca. Cómo podía unir la imagen de su madre a una fotografía mental, personal, de mi experiencia infantil, en un barrio del sur.

La pintura ha ejercido en mi escritura una fuerza material por el despliegue de la mezcla física de colores que descubro en la superficie de la ciudad. Una espesura que se traslada a la calle, a los materiales de los que está hecha la vida de todos los días. Será por este motivo que me gustan tanto algunos barrios, los que guardan objetos de otro tiempo. Y si bien el relato de Barthes aludía a una fotografía, imaginaba una pintura que se me imponía por la densidad con que describe a su madreniña.

La sitúa en un invernadero. Aparecieron todo tipo de plantas en mí, una selva minúscula que puede ubicar a cualquier lectorespectador en algún jardín o una plaza. Barthes definía, a partir de la rugosidad de esa escena, rugosidad en la memoria, cuando se recuerdan los olores o lo detalles vivos de los colores, mediados por el amor, qué entiende por esencia de la fotografía. Una revisión sensible y cultural frente a esa niña histórica, que fue también su madre. Me puse frente a esa imagen tan cotidiana para él, y me di cuenta que había aterrizado en su libro. Todo a partir de una imagen familiar. La declaratoria del amor a su madre, pocos días después de su muerte, fue el punto de partida de su Cámara lúcida.

Esa imagen, en aquellos meses, me empujó a participar en un concurso: Crónicas del arrabal, de donde mi tenue imagen infantil, tenue por las escasas fotos de mi niñez, me llevó a reconstruir algunas escenas del barrio de La Boca y descubrir mi amor por la ciudad y sus barrios. Qué se busca en una imagen. Es como si algo del arte de la adivinación se volviese un don y me hiciera navegar por los bordes de ese objeto, y me situara en las orillas de la vida del artista, de esa obra incipiente a punto de estallar. Mi olfato de hechicera se sumerge en todos los detalles que vuelven artística a una obra.

El arte no está dado de antemano a la hora de aprehenderlo, hay que desandar la obra para que la obra aparezca. Se trata de una disposición, a modo adivinatorio, una conexión física y sensible, un ejercicio de libertad que inaugure una posibilidad creadora personal.

Estar en posición de diálogo con lo que tengo delante para descubrir los intersticios, lo desprolijo, lo salvaje de ese artista que es, ante todo, la vida humana dándose a ver, humanamente. Recuerdo las veces que revisaba, de niña, los bolsillos de mi padre para robarle dinero para golosinas. ¿Dije, robar?. Lo mío era un arrojo, una búsqueda honesta del amor, un acto de libertad por salir al encuentro de lo que no abundaba en gestos. Eso sucede cuando vamos en búsqueda de las obras y del arte como territorio de descubrimiento, de eso que no tenemos o que está oculto en nuestras rajaduras, así como las fisuras que tanto me atraen de muchos edificios de la parte más vieja de la ciudad.

Y en ese vagabundeo desordenado de imagen y lectura, en escucha permanente, alguien me sugirió visitar la muestra de Mildred Burton: quedé eclipsada por los ojos lagunares de esta maravillosa constructora de pozos de agua. Así me impactó la naturaleza pictórica que evocan los ojos de sus mujeres. Las aguas me llevaron por su río autóctono, el Paraná, su circunstancias, sus itinerarios. Qué tienen que ver sus ojos con la obra total no lo sabía, no lo sé con exactitud. Tenía las certeras referencias del tipo de movimiento estético al que pertenece: el surrealismo. Pero creo que las formulaciones teóricas de los movimientos estéticos están sobrevaloradas. Conocer en demasía los rasgos del movimiento, antes que la obra, me resulta forzado.

El arte de la adivinación se vale de los sentidos y de la disposición.

Si hubiese buscado una lista de artistas surrealistas de nuestro país jamás me hubiese chocado con el río Paraná de Mildred Burton. Me importan los nudos más que ver sus hilos desatados. A veces me pregunto, en un ensayo grotesco y gracioso: ¿cuál es la diferencia entre el surrealismo y el impresionismo?. Diría que ninguna si logramos descubrir el alma humana. Si somos capaces de mezclarnos entres las imágenes oníricas de Dalí y el barro que ha quedado debajo de los zapatos de Van Gogh. Qué artista no crea de la mano de otros artistas con ese acercamiento intuitivo: el artista nada sobre las aguas de la adivinación y el deseo.

Me arrojé con extrema curiosidad intentando hallar una foto de su niñez pero sólo encontré sus obras y alguna foto de su juventud. Qué tiene para revelarme Mildred, Millie, sobre sus intersticios. Me sumergí con decisión sobre el paisaje de su infancia, su provincia. Descubrí una combinación preciosa entre el surrealismo y un reencuentro con el mundo de las muñecas. Miradas, casi cristalinas, evocando a esas muñecas de cerámica que atraviesan a toda una generación. Y su selva, sus itinerantes animales que miran enigmáticamente, trepan su pintura y se sientan entre sillones, ensuciando con un barro autóctono, el barro que Burton crea y que vuelven lumínica su paleta.

Los intersticios, las rajaduras, la vitalidad está en la superficie de sus obras y por detrás del hieratismo de los ojos fijos, tensos, hacia un infinito, de sus mujeres retratadas, una mosca, un objeto, irrumpen como gesto para dejar caer la investidura. Las rajaduras de Burton están en su río Paraná del que beben sus lagunares ojos que se dicen ojos de muñeca, resguardadas en una caja. Pero los ríos tienen hondura, traen cosas inesperadas, revuelven, desordenan, y las muñecas se despeinan.

Sus mujeres retratadas son el acto concreto que habilitan un mundo de floresta con sus animales autóctonos en una tierra de la que, con enorme orgullo, creó su selva entre muebles de estilo. Descubrió, de des(cubrir) que había nacido en una provincia que tenía río y luego, nadando por ese Paraná, nadaría hasta la escuela de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova. Y pienso que si bien su surrealismo nada tiene que ver con el realismo de don Ernesto, de su impactante pintura Sin pan y sin trabajo, recreo abrazos entre ese cuadro.

La realidad social y cultural de las mujeres con las que creció Mildred pusieron en escena la mirada reflexiva y en lucha que la artista creará. Lo suyo fue el río y todo lo que el agua se lleva. Realismo, surrealismo, quedan fundidos en la lucha humana por reivindicar derechos y crear espacios de convivencia. ¿Has visto con qué arrojo Ernesto de la Cárcova ha pintado esa silla que se vuelve cuerpo en lucha? Este objeto, prefiero nombrarlo como un trozo salvaje de montaña, encarna la ira y reclama justicia. La pintura siempre estalla por fuera de sus movimientos estéticos, aunque sea necesario nombrarla de alguna manera. Y de esta manera, los ojos de Mildred Burton, los lagunares, me condujeron a los ojos de otras dos mujeres argentinas míticas que seguirán siendo mundos de partida de la revolución femenina: Eva Perón y Tita Merello.

Toda una secuencia de miradas artesanales, callejeras, hecha de todos los resquebrajamientos sociales, envueltas en un camino de adivinación y deseo. Intenté hallar una foto distinta de Eva Perón y aislarla, por un momento, de toda su amada multitud, para reencontrarme con una joven, muy joven, sin rodete aún, arrojada por el viento llano de la pampa, de su pueblo de Los Toldos, sus calles y de cómo sostiene el cigarrillo. Hice lo mismo con Tita, hallé su imagen adolescente con un peinado sin elaboración, los cabellos cayendo sobre un sencillo vestido cotidiano. Me dejé ir hasta el fondo y hundiéndome en los ojos despojándola de su carrera artística, llena de instrumentos, cámaras, rodajes, vestidos, para ir en busca de su detrás que no está más que en el fondo de la mirada, donde se reconocen los deseos. Los ojos lagunares de Mildred Burton también reaparecieron aquí, porque la mirada será siempre la mirada. El arte de la adivinación vuelve ciego los ojos.

Autor: Gabriela Oyola