#ElAmor es un bien



Dirección y Dramaturgia: Francisco Lumerman, basada en la obra Tío Vania de Antón Chéjov

Sonia y su tío Iván viven en Carmen de Patagones, atienden un hostel que casi no tiene pasajeros, excepto un joven médico que duda de su vocación. Llega de visita el padre de Sonia, junto a su nueva esposa. En esta breve convivencia, íncomoda, un mundo de preguntas los reúne enfrentándolos entre sí y con ellos mismos. Sonia, una bohemia y mala cantante sueña, junto a Iván, un mundo posible tan sólo con un poco de amor.

El paisaje que no se ve

Pienso que el teatro es solidario con tantas formas artísticas que es imposible no salir transformado cuando sucede en escena. Qué es el arte sino una infinita cadena de rasgos humanos, envueltos en una pregunta que se da a ver con delicadeza, en detalle, una hechura sensible, amorosa, con matices y materia de la más variada. Cada obra me señala un sendero, al menos me arrojo sobre esa posibilidad. El amor es un bien camina sobre una de las formas que más ligo a lo mágico por su modo de aparecer: la pintura. Un devenir que se apoya sobre una tela y va creando a sus creaturas con lentitud, que revela eso del tiempo que nos hace vivos: la demora. Quedar demorados en un hastío para lograr una visión y crear un destino con el otro. Veo a la pintura como ese lento rumiar animal, pero en esta ocasión como un rumiar de los colores, y la obra rumia variados paisajes, recreando pequeñas historias como en un fondo de  paisaje, entre la niebla, donde los personajes asoman con pequeños monólogos como si fuesen la semilla de una fruta que los empuja a caer del árbol para empezar a vivir. Una promesa del vivir. Qué acertada esa escenografía con paneles neutros, casi telas, evocando estampas vivas, autorretratos de hombres y mujeres que desean amar pero no saben cómo.

Y frente a ellos un espectador que asiste a una delicada confesión poética, el génesis de la obra: una revelación de las verdades del alma.

El amor es un bien es una pintura rural en su sentido más amplio, no un recorte de paisaje prolijo, evocado en alguna fotografía de viaje, sino un camino tosco, un inmenso llano con una bruma envolvente que lo oscurece en su desesperación. No es un hotel en un pueblo con campos preciosos, es un espacio que vuelve al origen de la palabra rural, un acontecer de la vida en un estado áspero que pinta a sus personajes como si fuesen simples yuyos creciendo al costado de una ruta.

Cuando estos viajeros se disponen frente al espectador, cuando con sus breves monólogos hacen brotar la verdad de sus sueños, sus miedos, sus preguntas, se produce lo que en la escritura sería un pequeño descanso, un suspiro, un momento de espera que en el pintor equivale a girar la vista para ver qué colores sostienen la obra.

En la puesta sucede esa pausa, un desdoblamiento maduro, como las frutas en los cajones de ese hotel sin pasajeros. Y esa madurez se vuelve sobre el cuerpo de esos personajes cuando se animan a transformar sus vestimentas, un cambio de paisaje, una manifestación del tiempo en una naturaleza que se da a ver en pequeños movimientos, en  una canción, un llanto, un abrazo. Recuerdo los paisajes preciosos de Antón Chéjov en un breve monólogo de Nina en Ivanov: “Una vez cada cien años despego los labios para hablar y mi voz suena desolada en este desierto y nadie me oye…” El paisaje y la pregunta nunca están separados, una especie de melancólica poesía los une, y es que es el único modo que tiene el teatro de decir sus secretos frente a todos. Estos viajeros son seres apaisajados y sus colores son esas palabras que resuenan con una tristeza necesaria, justa, para reencontrarse en medio de tanto paisaje desolado. Creo que el misterio precioso de esta obra es reencontrarse con esa pincelada inigualable con que Antón Chéjov acaricia a sus personajes. Cada ser es una hoja de árbol otoñal cayendo sobre otro colchón de hojas que es el mundo que el dramaturgo les ofrece. El amor es un bien logra ese efecto de hojas cayendo y a medida que caen, naturaleza inevitable, un paisaje interior desborda de imágenes poéticas en unos breves minutos de amor.

Esta es la semilla de la obra, la puesta arroja la fruta madura con el sutil trabajo de los actores, cuerpos livianos, sencillos, como sus diálogos.  Los personajes se vuelven pájaros llegando de una región desconocida: su propia alma.

Una luz cálida recae sobre el cuerpo débil de los personajes rodeados de oscuridad. Se dejan ver a trasluz con una voz melódica que los trasciende. Recuerdo, entre tantos, un hermoso paisaje rural de Millet: Las espigadoras. En este cuadro tres mujeres recogen espigas sobre un paisaje deslucidamente amarillento. Situadas en primer plano Millet las vuelve pregunta: qué dicen estas mujeres de la verdad de su entorno, por qué  las ha puesto tan cerca del espectador. Qué dicen sus manos, no sus rostros, porque casi no se ven.

El amor es un bien me acerca a estas espigadoras, cada personaje recoge su pregunta con un cuerpo  tembloroso. Cada cuerpo evoca un paisaje habitable sólo en el corazón del teatro, donde la noche los alumbra para volverlos poema. Si pudiera señalar un momento de bruma, poético, emocionalmente vivo, donde el paisaje aparece, es ese instante donde cada personaje queda demorado ante una luz original, aurática, mostrando su semilla. Basta con recorrer toda la obra para entender que el paisaje se descubre en esos breves minutos de amor que se parecen a esos bichos de luz, en esas noches cerradas, con un calor agobiante, en medio del campo, que se encienden naturalmente, sin esfuerzo, poniendo luz a un paisaje que sólo se recrea con amor. Finalmente una guitarra suena como una caída de agua, en un arroyo, en medio de una montaña que pocos se animan a descubrir pero existe.

Ficha técnica

Dramaturgia:Francisco Lumerman Actúan: Manuela Amosa, Jose Escobar, Jorge Fernández Román, Ignacio Gracia, Julieta Timossi Diseño de luces: Ricardo Sica Fotografía: Nora Lezano Diseño gráfico:Martín Speroni Asistencia de dirección: Fabiana Ferrada, Luciana Taverna Prensa: Carolina Alfonso Producción ejecutiva: Zoilo Garcés Co-producción: Moscú Teatro Dirección:Francisco Lumerman

EL CAMARÍN DE LAS MUSAS
Mario Bravo 960 
(mapa)
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Teléfonos: 4862-065
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Jueves – 21:00 hs – Hasta el 26/03/2020 Duración: 75 minutos
Entrada: $ 400,00 / $ 300,00 / $ 200,00

Autor: Gabriela Oyola