#ValeriaRadioactiva, de Javier Daulte



Valeria es una  reconocida escritora de  melodramas, al estilo culebrón.  Su trabajo en proceso se llama El inmortal. Entre productores ansiosos, que presionan para estrenarla en televisión, Valeria descubre que está enferma. Pensada en tres momentos, el culebrón El inmortal toma vida en la mitad de la obra. A partir de este melodrama, con tonos de comedia, ese deseo extraño, humano, ser inmortal, será una patética realidad y una profunda manera de desnudar la vida.

Una estética del reverso

Sigo pensando que hablar de una obra debe ser, en primer lugar, un espacio creativo personal, que debo darme la posibilidad de situarme en ese pequeño mundo que logro elaborar con apenas dos o tres cosas que hacen que escribir sea un punto de partida para seguir creando. No recuerdo todo en detalle sino aquello que se cruza en mi camino, que necesito, y con esa sinceridad digo cosas que pueden o no ser acertadas, pero pretendo disfrutar, sólo eso.

Valeria Radioactiva es una obra que logré atrapar por fragmentos, casi como si cambiara de canal. Una variedad de estéticas reunidas bajo un mismo espacio, artificio, juego, el teatro. Corrí agitada detrás de recursos escénicos atravesados por diversos géneros. De repente apareció un melodrama televisivo, el recuerdo de lecturas de obras literarias de ciencia ficción, el enredo de la comedia y por último el silencio de la poesía. Una especie de feria de entretenimiento pero en el teatro, bajo la luz de un deseo extraño, humano, misterioso: ser inmortal.

Nunca me atrapó demasiado la ciencia ficción, crecí mirando telenovelas, melodramas cinematográficos de la década de los 50, pero puedo decir que los recursos de la ciencia ficción, en teatro, los que propone Valeria Radioactiva, me introdujeron en esa magia que tiene el cuento. Esa extravagancia de mundos poblados con seres extraños que han sido arrojados ahí, en una especie de mundoproblema que los desafía a cada instante, los perturba, los hace cometer hazañas explosivas. Esa noche salí pensando en el artificio al modo de una antigua película alemana, El Golem, dirigida por Wegenner, la creación de un ser extraño al que se le coloca un corazón y luego cometerá sus desmanes. De inmediato asocié con todo el universo del expresionismo alemán en cine, películas como El gabinete del Doctor Caligari, Nosferatu. Pensé que el cine alemán había gestado algo mucho más pregnante que el terror: lo misterioso humano, lo que desestabiliza el alma. Los monstruos creados por el expresionismo alemán, no los que inventa el cine de Hollywood, le dan la chance al espectador de descubrir qué sentimientos nos atormentan. La estética expresionista de los años 20, la deformación, entre otros rasgos, es el resultado del padecer humano en ese momento particular de la historia.

 Y esta asociación no era azarosa, nada más acertado que tener en cuenta un pensamiento irracional, desordenado,en apariencia. Percibí algo que en Valeria Radioactiva está muy presente, elaborado de un modo plástico, funde los misteriosos sentimientos humanos con el universo de lo mágico. La ciencia ficción es un género que enuncia elementos científicos para habilitar verdades de nuestro mundo, a partir de la lógica, algo con lo que nunca me llevé del todo o casi nada bien. Pero lo dificultoso es proponer algo de la ciencia en teatro que abandone lo racional. Y en esta obra los recursos estéticos se han originado desde esa preguntadeseo que la obra responde jugando al modo teatral. Aquí nada es deducción sino acción concreta, esa velocidad en los personajes, esas escenas graciosas que hacen de la ciencia una humorada y del deseo de inmortalidad una pregunta inquietante.       

Daulte siempre despliega algo misterioso que sobrevuela la escena, instala un clima interno que logra ir más allá del escenario. Es casi como que detrás del telón hay algo-alguien que estira la obra, el escenario, los personajes, los objetos. Una estética del reverso o algo que se expande. Me voy con esa sensación que ha quedado un resto.  Algo así  como piensa un niño cuando termina de jugar y desea prolongar ese hallazgo: y ahora a qué jugamos.

Hace años escuché el término percepto, que proviene de la estética, que no es la percepción de alguien, sus sensaciones, sino que se trata de todas aquellas percepciones acumuladas en el objeto, en una obra de arte, particularmente, de muchos sujetos, a lo largo de la historia. Algo así como un cúmulo de sensaciones físicas, emotivas. La huella de un otro que estuvo antes que yo mirando, tocando, sintiendo.  Una especie de inmortalidad colectiva. Un juego de las miradas, eterno, que cobra sentido porque hace que la cosa permanezca. Pero si llegase a desaparecer  sigue en el cuerpo de quienes compartimos el juego de esa visión. Está en el mundo como en una dinámica experiencia del compartir.

El arte como juego es una reflexión estética profunda y tan acertada porque se crece  jugando. Pero con el tiempo se ve aplastado por el olvido de esa canción que aprendimos a escuchar en el giro interminable de una calesita, una música lejana, venida de otros reinos. Un olvido en pequeñas dosis, en el día a día, un olvido en soledad que luego se vuelve común, y nos reencontramos olvidando de qué se trata vivir.

Puro entretenimiento es la vida, dirá Heidegger, teniendo como única certeza la muerte, y como única incertidumbre el destino, agregaría yo. Heidegger propone vivir poéticamente. Y en esta suerte de dudas veo dos caminos en medio de la ruta, el que luce perfectamente señalizado y el otro, ese que se abre en algún momento del viaje, una especie de ruta alternativa, un camino de tierra, más angosto, pero silvestre. El camino silvestre, un conjuro en medio de la noche, el teatro. Las mil y una noches es la región de Valeria Radioactiva, una especie de conjuro, algo mágico, un engaño, un camino alternativo que señala el costado más prometedor de la vida: el deseo. Esa luminiscencia provocativa que nos arroja y nos hace perdurables. Todos sus personajes circulan por esa maravillosa inventiva de los géneros, el melodrama, la comedia, la ciencia ficción, y yendo más lejos viajo hasta ese antiguo relato persa: Las mil y una noches, con una princesa, Valeria, salvando su vida al contar una historia, cada día, para siempre. Vivir ese juego que propone el teatro y que en esta obra se reviste de mundos propios, los géneros, con sus modos de decir. A ver  cómo te lo cuento, pero te lo cuento.

La ciencia ficción es la forma que toma toda la obra de Daulte desde que introduce el tema de la inmortalidad. Sólo se puede ser inmortal en otros mundos pero el problema es el siguiente: queremos vivir para siempre o simplemente no queremos desaparecer. Un universo narrativo extraño creado a la medida del soñante, con recursos escénicos que nos remiten a universos conocidos de la ciencia: una camilla, explosiones, drogas potentes, transformaciones. Una especie de Frankensteins que sólo desean ser amados para siempre. Valeria Radioactiva, un juego de mamushkas cuyo interior está lleno de sentimientos.  

Y Valeria desea vivir, pero más que eso, vivir poéticamente, conversar sobre el amor, decir con el arte a cuestas, con esa inventiva humana que hace inmortal las cosas del mundo.

Las mil y una noches, sin importar las miles de noches, sólo una, la que habilita el juego, la ficción, el teatro en su irrepetibilidad, en esa consumación artística que nace y muere y vuelve a vivir. Ser inmortal, toda vez que ese soñador, la obra, ese soñante, el espectador, crean mundos que incorporan el juego y lo llevan hacia la vida. Valeria le abre la puerta a lo inesperado, lo por venir, lo inacabado.

El teatro, esa noche, me regaló esta experiencia.

    

                                                                           

                                                  REESTRENO MARZO 2020!!!