En penumbras, en una sala teatral de Buenos Aires, Enrique suelta pájaros de un piano de maderas tristes. La música tiene rostro, sólo que en la oscuridad del teatro se parece, siempre, a la de un ave robando versos al alma de los personajes.

El tango de Discépolo no es cualquier tango, es la poesía vagabunda hecha pueblo, volcada sobre el río, rescatada de la historia argentina, de la casa familiar vacía, y vuelta a ver como en los sueños.

La tristeza en el teatro, esa que resuena en un tango, es cuerpo cuando nace de la poesía,  no de un género, sino de un estado físico, materia viva, que deja a la intemperie esa fuerza que tiene lo trágico, no lo fatal, lo trágico como pregunta, como una oportunidad del hombre frente a sí mismo. Quizá la oportunidad más valiosa de la vida.

Enrique es un pájaro herido comiendo las migas de un pan que amasa en un camarín que tiene mucho de nido o de cueva. Un rincón por donde asoman las máscaras poéticas del grotesco. Un grotesco, una revelación opaca y poderosa, un tango que en apenas tres minutos hila versos de amor. Qué se puede decir en tan poco tiempo. Mucho. Porque no se trata de versos que cantan la intimidad de una vida, los versos del tango tienen pueblo.

Y cuando una obra expande la intimidad de un personaje, cuando hace brotar una transpiración auténtica, la del llanto que surge del trabajo llano de un actor, poblando todos los rincones de una escena con un cuerpo cargado de poesía popular, esa intimidad nos pertenece.

La música de los pueblos se origina en las calles, no existe melodía posible sin el alma rondando las cosas, esa respiración fantasmal que se oye por los barrios, en las orillas de la ciudad. Enrique puebla de voces las casas a través de la radio, del cine, en los clubes, donde la intimidad de los milongueros también es poética. Enrique deja huellas en su piano, las mismas que deja el teatro cuando pinta pájaros sobre un piano: un viejo que tiene el cuerpo de un niño perdido, y un joven trabajador, estudiante, acomodador del teatro, sencillo, que revela con inocencia, con toda la fragilidad de un ave pequeña, temerosa, las máscaras que han ido cayendo sobre el maestro. Enrique Discépolo, un hombre delgado, pequeño, escribe poemas nostálgicos que guarda desde su infancia, mezclados con su barrio, la gente, las plazas, el teatro. El arte tiene esos secretos que sólo se pueden soplar en los sueños y que más tarde aparecerán como árboles nuevos, robustos, llenos de vida.

Evocar es una cualidad de la poesía, y el piano de Enrique evoca esa sensación de eternidad que tiene la vida, cuando cada mañana anuncia sus sonidos, cuando cada tango nos trae parte de la historia de nuestro país.

El tango es Buenos Aires pero también es radio. Cuando el tango se hace popular en la radio ya hay todo un mundo tanguero respirando en las calles de la ciudad. El tango viene recogiendo lo popular, y lo popular no es la muchedumbre, es la mezcla de todas las historias personales, íntimas, compartidas en un conventillo o en un almacén.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Enrique reúne, sobre de su piano, muchos rostros, que no son simples máscaras de sus fantasmas, sus historias. En su piano resuena una voz común que ha logrado intuir durante su camino. Enrique es un rostro total que carga variadas melodías y las vuelca con todo el barro y la fuerza que tienen las aguas rioplatenses. Durante la noche, su última noche, el tango viene a buscarlo. Es compadrito, poeta, canta como él y lo quiere. Y en el fondo, como una sombra, unos ojos que lo miran, una marioneta lo acompaña, lo abraza. Es Armando Discépolo, su hermano, su padre, su tango, también. Enrique no tiene máscaras, tiene rostros, muchos, que lo escuchan y que suenan, a lo lejos, en un bar de algún rincón de la ciudad, cuando todos duermen. 

Cuando el teatro hace transpirar las mejillas de sus espectadores no ha logrado dar en el blanco de una pedacito de la historia de alguien, pone a trasluz el alma popular que vuela sin descanso. Y el teatro, como el alma, es un eterno pájaro vagabundo que recoge migas de muchos paisajes.

 

Dramaturgia y actuación: Luis Longhi

Dirección: Rubén Pires

 

#Enrique. Una puesta intima y delicada, un camarín del que nadie desea partir…