El aula es mucho más que el lugar donde convergen un docente y sus alumnos. Se trata más bien de un espacio de encuentro entre distintas historias, realidades y anhelos. Pero sobre todo es el camino donde se desarrollan las potencialidades de un país. Allí, entre tizas y pizarrones, dos generaciones cruzan sus miradas y van construyendo el futuro de una sociedad.

Muchas veces se habla de la vocación de maestros y profesores como algo intachable, como una labor casi sagrada y abnegada dentro de un mundo materialista lleno de individualismos y mezquindades comerciales. Esa imagen tal vez nos haya hecho olvidar muchas veces que el docente es también un trabajador que como cada uno de nosotros tiene que satisfacer sus necesidades concretas y las de su familia. 

¿Cómo es posible que veamos a la docencia como un gran valor,  pero le neguemos el reconocimiento material que merece como profesión?

Esta contradicción viene teniendo consecuencias trágicas y más aún en el marco de la crisis actual. Recientemente, la provincia de Chubut fue el foco de dos incidentes que involucraron a maestros. En el primero de ellos, mientras reclamaban por los salarios adeudados, fueron agredidos por un grupo de sindicalistas petroleros. El hecho dejó una docena de heridos, entre contusos y golpeados.

En el segundo caso ocurrido en la misma provincia, dos docentes perdieron la vida en un accidente automovilístico, cuando regresaban de una manifestación por salarios, obra social y mejoras edilicias para las escuelas. Estos hechos desataron medidas de fuerza en todo el país como una forma de solidarizarse con ellos y sus reclamos.

Y así, una vez más, las consecuencias de estos incidentes también afectaron a miles de estudiantes, que perdieron horas de cursada en escuelas y universidades, comprometiendo ese camino virtuoso que viene de la mano de la educación.

Mucho se puede debatir si el paro es una medida que ayuda a resolver la situación o no. A su vez, en el foco de este conflicto seguramente se pongan en juego intereses políticos, ideológicos o sectoriales. Pero el problema tiene sus raíces en algo más básico y razonable: reconocer que un docente es también un trabajador y que es el momento de reconocer la importancia de su tarea para el desarrollo de nuestro país. Es necesario pagarle lo que se merecen, así como también asegurar las condiciones mínimas para que desempeñen su trabajo.

A pesar de estas situaciones que hacen que hoy por hoy sea difícil ser docente, cada día ellos inician sus clases con una ilusión renovada. Estar al frente de un curso requiere, al menos por un par de horas, dejar de lado los problemas personales para poder dar lo mejor de su experiencia y formación.

Muchas veces los docentes tienen que ir de una escuela a otra, ya que necesitan complementar sus ingresos. Y así van tratando con un gran número de estudiantes, cada uno con niveles de aprendizaje distintos y con personalidades y problemáticas diferentes. Para aquellos maestros que ejercen su vocación con creatividad e imaginación haciendo uso de recursos pedagógicos innovadores, cada clase es un nuevo desafío.

En este mes de septiembre en el cual celebramos el Día del Maestro, el Día del Profesor y el Día del Estudiante, es bueno que también recordemos la realidad de los docentes argentinos, que podamos abrir los debates que sean necesarios pero sobre todo tomar las decisiones que haya que tomar para que puedan continuar trabajando por un futuro mejor.