#TrabajarOParar. Esa es la cuestión



La economía de nuestro país sigue en crisis. Cada vez se suman más indicadores que completan el triste panorama: Caída del consumo, cierre de fábricas, aumento de la pobreza y del desempleo. Palabras como riesgo país, inflación o corrida bancaria vuelven a resonar en los oídos de quienes vivimos la crisis de 2001. Al mismo tiempo, el pasado 30 de abril y el 1 de mayo, día del trabajador, se realizaron distintos paros y movilizaciones para protestar por las políticas que se están poniendo en práctica desde el gobierno nacional.

Muchos choferes de colectivos que en esos dos días pretendían brindar servicio denunciaron presiones y amenazas para que no lo hicieran. Cuando uno recorría las calles del centro se podía respirar el malestar y la hostilidad. La tensión entre ambos bandos, policías y manifestantes, anunciaba desde las primeras horas de la tarde lo que luego observaríamos en las noticias: incidentes, corridas, golpes y destrozos. La jornada dejó más de 30 personas detenidas.

En este escenario volvimos a encontrar una y otra vez dos posiciones contrapuestas. Quienes dicen, por un lado, que los paros no contribuyen a nada porque “el país se saca adelante trabajando”, y por otro, los que afirman que los cambios históricos se logran a través de luchas y medidas de fuerza, aunque ellas conlleven muchas veces actos de violencia.

Son tal vez dos miradas ideológicas que paradójicamente tienen una mismo objetivo, buscan dar una respuesta a una situación de crisis que se ha vuelto vida cotidiana: sueldos que no alcanzan para alimentarse y vestirse, cuotas de colegios y de prepagas impagables, alquileres que son inaccesibles, tarifas desmesuradas, pasajes de trenes, colectivos y subtes que aumentan sin parar. La lista podría continuarla la mayoría de los argentinos.

El Día Internacional de los Trabajadores, actualmente convertido en una fecha de celebración en la mayoría de los países, surgió como una fecha de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago. Eran obreros sindicalistas que fueron ejecutados en Estados Unidos por participar en protestas en las que demandaban jornadas laborales de ocho horas, así como condiciones dignas de trabajo.

Actualmente contamos con estos derechos y muchos más, como vacaciones pagas, licencias por enfermedad y protección contra el despido arbitrario. Sin embargo el conflicto se encuentra hoy en el acceso al mercado de trabajo. Particularmente, los jóvenes y los adultos de edad media padecen serias dificultades para obtener un empleo formal y registrado.

La mayoría de las ofertas de trabajo que se pueden ver en los sitios de internet se dirigen a personas de entre 18 y 25 años. Pero en esos casos ya suelen pedir experiencia laboral previa y formación académica, aunque sea en curso. Quienes pasan ese rango de edad muchas veces cuentan con experiencia e incluso estudios universitarios completos, pero ya son considerados “demasiado grandes” para incorporarse a determinadas empresas y por estar sobrevaluados para desempeñar ciertas funciones . Esta es una realidad que hace que el mercado laboral sea cada vez más excluyente.

Debido a la crisis, a esto se le suma la incertidumbre de quienes, aun teniendo trabajo, tienen miedo de perderlo o no llegan a ganar lo suficiente como para sobrevivir junto a sus familias. Frente a esta situación, reinventarse o estallar parecieran ser las únicas opciones.

Un principio democrático nos dice que los derechos de uno terminan donde empiezan los derechos del otro. Es decir que el derecho a protestar no debería impedir el derecho a no sumarse a las movilizaciones y decidir libremente. Pero ojalá bastara con esto para resolver los conflictos de la vida que se presentan en contextos sociales específicos.

Por lo pronto, ni la mera violencia que daña al prójimo, ni la alienación despolitizada que lleva a aceptar todo lo que pasa y a permanecer indiferente frente a las injusticias, debería ser la disyuntiva para atravesar este proceso. Es momento de buscar alternativas. El debate está abierto.

 

 

Autor: Luis Espeche