“Como gelatina, amoldándonos al recipiente”



Aquí está “Abril”, indeciso, vacilante, introspectivo. Llegó Abril que te observa de frente y de espalda.  Que te posa una mano en el pecho y con la otra, te da un empujón en la espada. El que te obliga a caminar. Te levanta del sofá y te hace montoncito con los dedos  – ¿Qué hacés ahí? – Te pregunta. Este mes que te aplaude en la cara mientras estás sentado tomando un café. ¿A vos, dónde te encuentra? Quizás corriendo de aquí para allá. Quizás recién separando los párpados para empezar el año. ¿Dormido? ¿Ansioso? ¿Entusiasmado?….Yo, para ser honesta, estoy como el mes, un paso adelante, un paso atrás.  Me hago eco de su bipolaridad diaria de frío-calor, lluvia-sol, energía-agobio. Se acorta el día, se extiende la noche.

El volver a la rutina obliga a la memoria  a recordar las decenas de actividades que te esperan. Si sos ordenado, tomás la agenda…  Si tenés hijos, van primero… Llevarlos al cole o ir a pagar, por adelantado, el transporte. Los horarios de las materias extracurriculares, que de “extra” sólo poseen el nombre porque están en la misma aula. Las viandas si almuerzan allí, la lista de las compras si es en casa. La niña que vuelve a fútbol, el varón que sigue con dibujo.

Y empezamos organizar, en la mente, en  columna paralela las cuentas, que también tienen que dar;  no, no hay opciones, los números tienen que dar. Mientras el peinado se te empieza a desordenar, ya que estás ,tomás la pila de cuentas a pagar. El pulso se acelera porque no hay un maldito papel en el que los números no hayan subido, y no es precisamente porque tu consumo aumentó. Mirás fijo la del gas y te despedís del importe impreso con un suspiro. La de la luz que te recuerda revisar cuál lamparita quedó prendida innecesariamente. Te llaman del colegio para informarte que desde marzo, los aranceles aumentaron. Si tenés obra social o prepaga te preparás para hacerle frente, si es que te da el cuero. En otra escena paralela estás descartando todo aquello que juraste empezar en abril, y ya no podés. El transporte público te resta unos billetes más, ¿“Público”, dije, no? Si sigue así quizás haya que cambiarle el nombre. Si tenés la suerte de haberte comprado tu autito, la alegría se te cae unos centímetros al piso pensando en los kilómetros semanales y la nafta, mientras apoyás la Sube en la mesa para cargarla y descontar en los peajes. ¿Harán las rutas de oro?… Que te tenés que hacer el control de colesterol, el Pap o la ecografía… Te parás, mirás la heladera, la alacena y regulás la compra en el mayorista o salís corriendo antes de que cierre. Lo llamás a tu marido para insistirle en que  pague su tarjeta y a tu hermano para que te pague la tuya, la semana que viene le devolvés el dinero. El gimnasio no lo querés dejar pero una duda se te planta en la frente. El celular ya lo pagué, las expensas al día, el alquiler, el uniforme o guardapolvos de los chicos junto con un nuevo de zapatillas… ¡Uf! ¿Deseás regresar a Enero? Yo también. Volver el tiempo atrás aún no está permitido, solo nos queda planear hacia adelante. Cada vez con menos opciones, esa es la realidad. En estos últimos años somos como gelatina, amoldándonos al recipiente, practicando malabares y bastante más serios que antes. Algo está pasando, cambia la economía, cambia la sociedad, la manera de comunicarnos. Mutan las estaciones y las acompañamos. Vos cerrás la agenda, yo guardo el papel. Me levanto para comenzar el día e irme a trabajar mientras recuerdo a mi bisabuela y sus tarantelas. Ella decía que este país es un país rico. Es triste para mí hoy preguntarme sentada, con treinta y pico de años, en Buenos Aires ¿Rico para quién? ¿Dónde está la riqueza de nuestro hermoso país? Quizás en el mismo lugar donde se evapora moneda a moneda nuestro ingreso.

Autor: Eliana Marcello