#EnCuerpoyAlma. Una historia, reflejo de otras tantas



Inmigrante sin padre, perseguida. Trabajadora, madre, abuela, bis abuela, hermosa, fuerte. Con estas palabras describo con exactitud a Betty. Una mujer que representa a muchas. Una mujer con todas las letras.

Hasta la tarde en que me decidí a escribir sobre ella no conocía su apellido. Eran las cinco de la tarde de un sábado caluroso en Buenos Aires. Había ido varias veces a su casa. El perro no me reconocía. Ladridos por doquier. Enrejado entretejido al frente, no hay timbre. Aplaudo, como se usa hacer en el interior del país. No demora más de un minuto en salir. Me esperaba. Ingresé pidiendo permiso a los canes que se acercaron, todos juntos, a recibirme.

En el patio una mesa servida. Mate, tortas, galletas dulces. Todo preparado. Me siento, ni sé como empezar. Decido que no sería una entrevista, me olvido de la propuesta original y me relajo. Voy a tomar unos mates con ella, mientras me cuenta su historia.

-Cuál es tu nombre completo, Betty?

-“Betty Espada”, como la de San Martín, agrega y se ríe de su chiste.

Lleva sus setenta y tantos años como si fueran treinta. Vitalidad pura. Experimenta, en carne propia, la ley de la vida. Desde hace ya un par de años asiste a su madre en el crepúsculo de su vida, vive para ella. Sabe, es consciente del desenlace. No lo reprime, la entristece. Pero ahí está Betty, junto a la mujer que la trajo de Bolivia con sólo unos meses de vida, buscando un futuro mejor. Sólo ellas.

Promediaba la década de 1940, una joven quinceañera y su bebé recorrían miles de kilómetros. Días y noches enteras en la ruta hasta llegar a una tierra desconocida, donde las promesas de prosperidad eran moneda frecuente. Pronto se darían cuenta que todo es cuestión de sacrificio, nada se da pos sí sólo.  

Las arrugas en su rostro son huellas de su lucha, no le interesa ocultarlas. Orgullosa se siente de su vida. Y no es para menos…

Con tan sólo unos meses de vida recorrió, junto a su madre, el camino desde su Bolivia Natal hasta Buenos Aires.

Sin la presencia de  una figura paterna, Betty fue criada en aquellas casas donde su madre trabajaba como empleada doméstica. Sin embargo, pronto encontraría aquella contención paterna. Fue en casa del Dr. Bussio, en el barrio de Constitución.

-“Brasil 827”, confirma con seguridad.

Lo recuerda con precisión. Allí creció y se desarrolló dividiendo sus días entre el Colegio y la ayuda en la casa. Los recuerdos de esa época son felices, no puede disimularlo. La sonrisa no tarda en aflorar cuando rememora esos días. El Doctor “era bueno” , dice y cuenta que siempre la incitaba a llevar adelante actividades artísticas. Su madre era quien ponía reparos, quizás por temor, tal vez porque nunca terminó de confiar en la bondad del desconocido.

A los dieciséis años ya tenía tres trabajos.  Lo cuenta con gran satisfacción. Cuidaba chicos, colaboraba en un comedor de Mataderos y limpiaba una casa en San Justo.

Para ese entonces ya se había mudado, junto a su madre y su pareja (a quien luego, reconocería como su padre) a un pedacito de tierra en medio de un basural a cielo abierto en el límite de la Ciudad de Buenos Aires. Muchos inmigrantes bolivianos habían ocupado ese lugar para levantar sus casas. Casas precarias, de cartones, chapas y apenas algunas,  de madera. Me muestra su primer casita. Era de madera. Apenas se mantiene en pie. Pronto la derribarán para que uno de sus hijos construya su casita de material.

– Ese lugar era inhabitable,  recuerda. Los pastizales eran enormes. La basura abundaba, sobre y bajo la tierra. La fábrica de guardapolvos Arciel estaba a un costado. De allí el nombre que tomaron para el barrio: “INTA” (Industrias Textiles Argentinas). La torre de agua de la fábrica se veía a kilómetros de distancia. Cuando debía indicar cómo llegar a su casa, ella siempre usaba el tanque, como referencia obligada.  Aquél espacio de tierra estaba desprovisto de todo, luz, agua, cloacas. Había nada. Todo estaba por hacerse.

Para abastecerse de agua, recuerda Betty, debían caminar hasta la fábrica. Cargaban baldes y bidones y luego utilizaba viejos tachos de aceite de doscientos litros como almacenaje.  Pero era su tierra, la estaban recuperando.

Lo que antes era un basural, poco a poco, se iría convirtiendo en un barrio. Entre los vecinos abrieron calles y distribuyeron espacios. Todo transcurría con “normalidad”. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Betty formó una familia. Durante algunos años se trasladó a Santiago del Estero, con el padre de sus hijos, pero al tiempo regresó al Inta. Apenas con treinta y cinco años Betty quedaría viuda. Otra vez ella y su madre, pero ahora con sus hijos: seis en total.

Su madre dejó de trabajar para ocupar otro rol, el de abuela cuidadora. Los chicos quedaban a su cargo mientras Betty salía a trabajar. Tres generaciones habitaban esa humilde casa de madera pintada de azul, a la vera de la colectora de la autopista Dellepiane, bajo la sombra del tanque de agua de la fábrica.

En la segunda mitad de los años setenta aquella “normalidad” dejó de serlo. De un día para el otro, y con la complicidad de la noche, se levantó un cerco alrededor de sus casas. El gobierno militar decidió que ese espacio sería utilizado para un barrio militar. Los días transcurrían y los que habitaba en el Inta debían demostrar que vivían dentro del barrio para que los dejaran pasar cuando regresaban del colegio o del trabajo. Las topadoras esperaban a la sombra de los árboles, cual león agazapado a la espera que su víctima baje la guardia. Algunos habitantes del barrio comenzaban a irse, Betty y su familia resistieron.

Las maquinarias elegían al azar y abrían espacios. Los que tenían su casa de cartón eran los primeros en sufrir el desalojo. Las posteriores víctimas de estos monstruos amarillos serían casillas de chapa y, por último, las de madera. El orden no era antojadizo. Era una cuestión de atacar lo más precario primero, por una sencilla razón: se demoraba menos. Pasaron días, semanas, meses de incertidumbre hasta que, así como aparecieron, se fueron. De repente el predio ya no era requerido por los militares. Las topadoras se retiraron, los miedos comenzaron a desaparecer y aquella “normalidad” interrumpida, retornó. Un nuevo comienzo, había que volver a empezar. Nuevamente, se redistribuyeron los terrenos entre los habitantes que habían permanecido, mientras nuevos habitantes llegaban y las calles se abrían más allá de los pastizales.

Betty recuerda el día que llegó el agua. Es el día de hoy que el monumento que conmemora ese acontecimiento permanece en el jardín de su casa. Entre los vecinos juntaron el dinero necesario, cavaron las zanjas, pasaron los caños y armaron el mojón para la primera canilla del barrio; justo en la puerta de entrada a la casa de Betty. Todo el barrio se abastecía de esa canilla. A cualquier hora. Betty los veía desde la ventana de su casa, iban y venían. Por las madrugadas era el punto de encuentro para los amantes, que utilizaban el tiempo en que se llenaba un bidón para besarse, recuerda.

Cuando hablo de sacrificio, de trabajo, de perseverancia; sólo una figura se me representaba casi al instante: mi mamá. Pero conocer a Betty me hizo ver que es la historia de muchas mujeres, y de muchos hombres también. Pero por alguna razón ponemos al hombre en un lugar diferente. Por su fuerza, resistencia, audacia?. Me pregunto si ese lugar está bien asignado. No tengo respuesta a esa pregunta o tal vez sí… Quizás la historia de Betty, como la de mi propia madre, como la de miles de mujeres anónimas formen parte de esa respuesta que me reclamo, que debo afirmar.

Betty Espada (como la de San Martín) es la mujer que he elegido para homenajear al género. Porque en ella se reflejan miles. Betty Espada, inmigrante, trabajadora, hija, madre, abuela, bisabuela, sostén de familia. Propietaria de una sonrisa tan hermosa como el sol que se esconde en la tarde del Inta, su barrio, su lugar en el mundo.

Betty Espada (como la de San Martín), aquella mujer que suele llamarme “profe” cuando me ve, aquella  a la que siempre le pido que deje de hacerlo y que simplemente me llame por mi nombre, insiste, no la puedo corregir!

Betty, una de las pioneras del Inta, generosa y cálida; quién siempre encuentra un tiempo para hacer manualidades y agasajar a todos (el legado, quizás, de aquel Doctor de Constitución). Entre mates, bizcochuelo casero y galletitas dulces;  también se hizo un tiempo, para contarnos su historia.