Un soplo de color #JoanMiró en el Bellas Artes



#LosBalances en cualquiera de los escenarios de nuestra vida son imprescindibles. Sucedan como necesidad o simple gusto, siempre dejan una ventana abierta hacia dónde dirigirnos. Cómo pensar la ciudad teniendo en cuenta lo que vemos y aquello que podría mejorar la actividad cultural de la comunidad. Un diálogo permanente entre las instituciones y los habitantes , mediante propuestas que ayuden a fortalecer la identidad. Desde qué lugar pensar sus políticas culturales.

En el escenario cultural, Buenos Aires presenta tantas actividades que si pudiese elegir una imagen sería la de un carrusel. O la vieja calesita de plaza. Una continuidad de experiencias que van desde la pintura hasta el circo. Exhibiciones internacionales, nacionales, festivales que reúnen obras, artistas y público. Sin embargo, tomé la decisión de centrarme en una muestra que en el 2017 tuvo enorme repercusión. Sobre todo porque acentúa un aspecto que todo arte comparte #LaMirada.

Se trata de Joan Miró en el Museo Nacional de Bellas Artes. Un excepcional artista que deja en Buenos Aires un soplo de color. Nos acerca con inteligencia un saber que se aprende: mirar. Esa capacidad que hemos tratado de discutir en las notas anteriores. Un ejercicio que la ciudad nos propone desde su arquitectura, costumbres, el modo en que los hechos sociales nos definen, los paseos que elegimos, la comida porteña hecha de muchas nacionalidades.

Buenos Aires es una ciudad cosmopolita en la que confluyen miradas de todo tipo que se cristalizan en cada rincón.

Recorrimos la ciudad conversando sobre distintas propuestas. Sus barrios, artistas que trabajan en espacios públicos. Lugares que transitamos  pero no siempre convertimos en paisaje.

En esta ocasión me detuve en un museo que es síntesis del quehacer artístico nacional e internacional. Lugar visitado por turistas y residentes al que elegimos volver. Por qué. Porque es una fuente inacabable de imágenes que dicen algo distinto cada vez. El #MuseoNacionaldeBellasArtes.

La visita al MNBA es una experiencia hermosa para quienes nos dedicamos a mirar. Cualquier museo reconstruye el camino de sus artistas a través de los trabajos que selecciona. En una sala de museo el trabajo curatorial no es ni más ni menos que el hecho de narrar. Narración que el espectador no percibe conscientemente, pero intuye con el placer que siente al aceptar ese relato. Pero también puede desarmar un recorrido y situarse largamente en una sola obra. Esto sucedió con Joan Miró (España. 1893 – 1983) y  Ernesto de la Cárcova ( Argentina. 1867-1927) reunidos en distintas salas pero en la misma casa.

Luego de haber disfrutado a Joan Miró, atravesé la Sala 24 que expone Arte argentino del Siglo XIX. Imposible no detenerse en Sin pan y sin trabajo de Ernesto de la Cárcova. Noté lo imprescindible que resulta volver una y otra vez sobre el arte de nuestro país. Ellos, como nuestro visitante, recorrieron museos del mundo dando a conocer nuestras circunstancias históricas. Se trata de la mirada en todos los casos. Quizás de la mano del arte es mucho más hermoso reconocer un camino para trabajar en las distintas dimensiones de nuestra identidad cultural. De nuestra historia. Ernesto de la Cárcova da a ver las consecuencias de un capitalismo instalado. La fabricación en serie. La desaparición de la figura del artesano. La falta de trabajo. Acaso no nos conmueve el puño cerrado de ese hombre que ha quedado sin trabajo. Por su parte, del otro lado del mundo, Joan Miró es tocado por las vanguardias en Europa. Otra mirada. Otras circunstancias.

Nuestra pequeña tarea sigue siendo la de leer estos relatos a través de la mirada. Entender la historia tomando los elementos que la cultura produce.

Quizá este sea mi balance como paseante de una ciudad, que tiene tantos colores como los que Joan Miró entrega en esta muestra internacional de tanta relevancia.       

#Joan Miró. La experiencia de mirar

La colección llegó a  la ciudad en el mes de octubre y se quedará hasta fines de febrero de 2018. Lo que vemos de su obra pertenece a la última etapa de su vida: entre 1963 y 1983. Joan Miró ha logrado abrazarse con muchos movimientos estéticos del arte de vanguardia. Desde el postimpresionismo hasta el surrealismo deja una estela que se le parece mucho porque de esos mundos estéticos ( postimpresionismo, surrealismo, fauvismo) rescata un pensamiento que lo inquieta. Naturalezas muertas, paisajes en los que vivió, los sueños, el color, las formas. Un universo de símbolos que construye hasta el final de sus días. Es que su obra lleva camino encima, pero ejecutado con una simpleza que también puede leerse: su obra es una pintura o un poema.

La piel de un pintor es el color. Hace de este material una prolongación sensible de su cuerpo. Casi como un niño se vuelca en el mundo a construir una mirada de todo lo que lo rodea: sus circunstancias individuales y su contexto socio-cultural. Entonces sus figuras infantiles o el trabajo sutil que contemplamos en los vuelos poéticos que ejecutan sus pájaros, son la escritura de una mirada aguda de la dimensión humana. Pero en su última etapa sus obras realmente se vuelven música o poesía.

Una forma nunca es algo abstracto, es siempre un hombre, un pájaro o algo más.

(Joan Miró)

#PájaroEnElEspacio. Joan Miró, 1976

Miremos de cerca esta obra. Un interés por lo más esencial de la vida. Quién puede ver el dibujo que deja el vuelo de un pájaro. Si esto fuese posible es porque el vuelo está en la mirada de quien observa ese recorrido.    

Miró pinta como persiguiendo un aroma o tal vez una melodía. Como en los sueños, sus imágenes escapan a la realidad y lo que se forma no es tanto el relato de una historia sino lo que queda de ella: un recuerdo punzante en el espíritu. Se trata de un vuelo sutil. No del pájaro. Apenas las alas se distinguen de los puntos que deja en el camino. Ese recorrido intenso es tan fugaz como la mirada, porque abrir y cerrar los ojos es como volar.

Pensemos, haciendo un repaso de toda su obra, en un rasgo que se vuelve bello e impacta: la sencillez o ese carácter primitivo que evoca su pintura. Una especie de garabatos en sus lienzos nos recuerdan la inocencia de los niños cuando dibujan por primera vez el mundo que ven. Resulta que el mundo no es más que eso. Apenas un perfume que el arte atrapa para siempre.

En el MNBA Miró deja una estela de color y aunque la muestra siga dando vueltas por el mundo, la temperatura que proviene de sus materiales, sus pájaros fugaces, sus mujeres, las lunas y estrellas. Todo su universo queda suspendido en la mirada.

 

Autor: Gabriela Oyola