#DiarioDeUnBarrio



Cuántas historias de cine contando sucesos del arrabal dan vueltas desde hace décadas. Pero no hace falta ser porteño para entender qué significa ser parte de la vida de un barrio.  Más allá del centro y los lujos dorados de otra época, la palabra roza el suelo, casi tocando el barro. El barrio. Una porción de tiempo y de un revestimiento de piso antiguo que pone al descubierto estilos. Esas reliquias de almacén que son soporte de los pasos cotidianos.

La vida no es más que esos retazos de piso. Son necesarios unos zapatos bien gastados para entender qué cosas hemos pisado de verdad.

Crecí en Parque de los Patricios y en varias ciudades del interior del país. Los sucesos diarios son el alma, la potencia, el armazón de una mirada que siempre va detrás de esos rastros pequeños: unas puertas macizas con ciertos agujeros por donde se cuela la luz de un depósito de mercadería en “el almacén de Jose”. El grosor de la pintura de las ventanas: una evidencia de los días en los que alguien pasó un pincel para renovar un lugar. Mano tras mano escuchando la radio hasta llegar a un verde oscuro que los años asentaron.

Me paso la vida mirando estas cosas mientras el camino sigue sumando lecturas. Las Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt o las cartas que enamoran de Vincent van Gogh. Una agudeza descriptiva que sólo un hombre callejero puede ver. Caminatas durante largas noches o tardes de intenso sol cargando imágenes en bastidores. Atravesando la ciudad en subte o campos llenos de girasoles.

Algunas lecturas acerca del Realismo tienen a mi gusto (no siempre) un modo de escribirse demasiado artificioso. No devienen calle o ruido mientras piensan el Realismo. Pero sí lo hacen sus artistas. Basta con visitar la exposición de Quinquela Martín para entender qué cosa es eso real. Cementerio de barcos relata la tristeza o sutileza emotiva de un tiempo ido. Este óleo representa el fin de la industria portuaria en nuestro país.

El barrio de la Boca es una enorme pintura a la que no hay raspar demasiado para hallar los dedos pequeños de Don Benito. Sin pertenecer a ninguna escuela pictórica su obra vuelve real la vida de La Boca. Quinquela es un trabajador más.

Se trata del barrio o un lugar familiar hecho de costumbres personales. De una biografía cotidiana que sólo se escribe en la intimidad de la noche, pensando qué cosas hacer de nuestra vida diaria. De todo lo que nos falta por vivir. Lo que falta es mucho. Se agranda hora tras hora y va desde la parada del colectivo hasta la puerta de un negocio de cotillón lleno de fantasías.

El barrio tiene una canción natural: un coro griego que reúne textos. Dramas por donde se los busque. Paseos con destinos breves: visitar la casa de Baldomero Fernández Moreno en uno de los pasajes más bonitos que tiene Flores, buscando aromas para sus Setenta balcones. Las cúpulas o los enormes portones en el barrio de Constitución. Leer al costado de las vías del tren en la estación de Floresta crónicas nunca escritas en bares con mesas coloridas.

Ir de cuadra en cuadra releyendo las veredas con un poema conocido. Hacer del espacio un lugar de eterno movimiento. La conciencia de lo diario como experiencia de un realismo vital.

“El camino lo anduve sol a luna sin que nada mi paso detuviera”. Este soneto tan simple de Homero Arce, asistente de Pablo Neruda, sigue empujando mis caminatas.

Hoy me detuve en el Museo Benito Quinquela Martín en uno de los barrios más turísticos de Buenos Aires…

Autor: Gabriela Oyola