#GabineteDeCuriosidades



Caminar la ciudad tiene mayor sentido cuando se trata de un paseo. Destinar unas horas para recorrer lugares históricos requiere de cierta conciencia poética. Qué es esto. Simplemente dejar que el barrio diga lo que tiene para decir. Que el ojo se acomode a los detalles. Tomar un café, observando a través de la ventana de un bar, puede incentivar esa misma curiosidad que Poe describe en El hombre de la multitud.

La ciudad como una trama regular, cerrada por el dibujo de una cartografía, no siempre se presentó de este modo. Primero como un asentamiento precario, tiempo después una fundación que incluía normativas, reparto de tierras. Los primeros tiempos para todo: incluso para el arte. Crónicas de viajes, relatos exóticos, rasgos acaso impresionistas en la pintura de viajeros. Arquitectura religiosa de la mano de los primeros jesuitas en nuestro país.

Buenos Aires recibe inmigrantes en sus distintas épocas. Un tejido discursivo que revela en sus expresiones sensibles pinceladas de una superficie sin poblar. El espacio se llena a medida que avanzan los siglos, las formas capturan los solares, los ranchos de barro y un primer templo que puede verse desde el fuerte que rodea la aldea: la Iglesia de San Ignacio de Loyola ubicada en el barrio de Montserrat.

Todo paisaje urbano es un relato. Explica un modo de entender el mundo. Los monumentos públicos, pero también los objetos más cotidianos, reconstruyen un discurso que la historia como ciencia repone a medida que pasan los años. Esto sucede en la Manzana de las Luces, en el interior de un bar que funciona en una de las galerías de lo que fue la Procuraduría de las Misiones Jesuitas en el siglo XVIII. Un bar en cuyo fondo y rodeando las mesas expone vestidos que siguen la moda inglesa, española, francesa. Cubiertos, trajes, vajillas, guantes y zapatos usados en época de la colonia.

El mundo es un Gabinete de curiosidades o un Cuarto de maravillas como solía definirse a las primeras exposiciones de objetos que se remontan a los siglos XVI ó XVII.

Buenos Aires es un gabinete de objetos como cualquier ciudad en el mundo, porque la inmigración, como todo movimiento humano, arrastra ciudades, pueblos, poblados. Una geografía hecha de costumbres. De materia. Un puente donde se cruzan los objetos para mostrar una idea que se tiene del mundo como lugar familiar.

En esta ciudad los sifones o el mobiliario escapan de los museos, pueden dormir en un viejo almacén o en un #Bar Notable. El aroma a café se mezcla con telas de seda resguardadas en vitrinas, guantes descoloridos, zapatos sin brillo que rematan el traje usado en una de las fiestas que Mujica Láinez relata en Misteriosa Buenos Aires.


La vajilla europea, un mate de plata, una cafetera eléctrica conviven en el bar de esta galería. Ese aroma de los objetos nos recuerda la expresión de Walter Benjamin en relación al tiempo que acumula la obra de arte: los trajes como la aparición irrepetible de una lejanía. Sucede que los objetos están llenos de cuerpo. Son cuerpo vivo, espeso, opaco a la vez: arrugas de la historia que nos interpelan a través de una estética. Qué dicen esas formas de nosotros.

 El arte guarda esa relación íntima entre el objeto y el sujeto que ve. Y en medio, como en el corazón o el en fondo de un pozo inagotable: la experiencia. 

El mundo es al fin de cuentas un enorme gabinete de hombres y un espacio poblado de objetos que nos miran.  

                                                                                                                    

• Manzana de las Luces • Procuraduría de las misiones jesuitas • Exposición de objetos de época • Bar • Perú y Alsina, Ciudad de Buenos Aires

Autor: Gabriela Oyola